No sé si a estas alturas alguno de vosotros, mis queridos micos, habrá visto ya “Be Kind, Rewind” (2008), el último largometraje de monsieur Gondry. Por lo que a mi respecta, qué queréis que os diga… pues que ni fú, ni fá. Y es que, sobre todo después de padecer aquella monumental pamplina titulada “La ciencia del sueño” (2006), comprenderéis que esté más que harto de tanta impostura excéntrica y derroche visual por la cara. Reconozco que lo de Gondry no sería para tanto si se tratase de un caso aislado. Pero es que son tantos los que hoy en día se amparan bajo la presunción de poseer un “imaginario personal” para pretender salir indemnes de sus desvaríos posmodernos (pensad si no en Tim Burton, Todd Solondz, Darren Aronofsky, Wes Anderson, Sofia Coppola… la lista se me antoja interminable) que la cosa empieza a pasar de castaño oscuro.

De entrada, permitidme romper una lanza en defensa del francés. Reconozcamos que posee un talento visual fuera de toda duda, como se encarga de atestiguar su trayectoria previa como realizador de videoclips y comerciales. Sin embargo, el hecho de que sean precisamente sus colaboraciones con artistas como Björk, Daft Punk, The Chemical Brothers o White Stripes las que se encuentren entre lo más granado de su filmografía, hacen albergar serias dudas sobre su capacidad para calar en un formato largo. Más aún si tenemos en cuenta que no es un narrador demasiado competente y que su única obra con una estructura dramática conseguida es “Olvídate de mi” (2004); en gran medida gracias al estupendo trabajo de su guionista, Charlie Kauffman.

Y es una pena, pero su última película es una nueva muestra de que Gondry todavía no ha sido capaz de superar sus carencias artísticas. Lo que en un principio podría haber sido una divertida reflexión sobre la tradición norteamericana del “remake” y las “home-movies”, se queda en un tímido apunte que no va más allá del guiño cinéfilo y cómplice. Lo cierto es que el punto de partida argumental es divertido y hasta ingenioso. Pero no nos engañemos: puede que hubiese dado pie a un excelente cortometraje, pero resulta demasiado endeble para sostener la parafernalia gondriana durante algo menos de hora y media.

O sea que, lo mismo que ocurría en el caso de su ópera prima “Human Nature” (2001), volvemos a quedarnos a medias. ¿Por qué Gondry no profundiza más en su crítica a la naturaleza depredadora de las majors hollywoodienses a través del personaje de la ejecutiva malasangre que tan bien interpreta Sigourney Weaver? O peor aún, ¿por qué desaprovecha la oportunidad de reflexionar sobre la naturaleza del cine como idealización de la realidad? Al final, el falso documental sobre Fats Waller rodado por los vecinos se limita a aportar al conjunto un molesto tufillo “new dealista” a lo Frank Capra que, si bien casa a la perfección con la concepción naif del cine de Gondry, no termina de cuajar las expectativas creadas al respecto.

Al final, uno sale del cine con la sensación de que a Gondry le falta todavía una pizca de valor (y bastante más de ambición) para que podamos referirnos a él como un cineasta al que tener de verdad en cuenta. Sólo falta que tenga ocasión de manejar un material con algo más de enjundia y prescinda de infantilismos innecesarios.

(Por cierto, como nota curiosa, aquí tenéis el responsable del desaguisado mostrando su técnica patentada del “suecado”).