Como suele decirse, de casta le viene al galgo. El debut del joven director canadiense Aaron Woodley (hijo de Denise Cronenberg y sobrino del gran David) es uno de esos títulos extraños y difíciles de ubicar, que nace con la impronta de film de culto. El poder de fascinación de sus imágenes, la acertada y original caracterización de sus personajes y su intenso guión, hacen de esta película un verdadero tesoro a descubrir para los amantes de las atmósferas oníricas del cine de David Lynch y los Hermanos Quay.

Poseedora de un imaginario propio, un visionario sentido visual y un talento natural para el melodrama romántico y surrealista, “Rhinoceros Eyes” es un modesto y sentido canto de amor al cine, desbordante de imaginación. Rodado con igual esmero artesanal que talante experimental, supuso una de las sorpresas más agradables de las que nos deparó aquella lejana edición del Festival Internacional de Sitges de 2004.

Resulta exasperante constatar como un film tan interesante y hermoso como el que nos ocupa haya pasado tan desapercibido para crítica y público. Entre tanta pompa y circunstancia, era de esperar que no se encontrase cabida para ella en un palmarés tan conservador y complaciente, como finalmente así aconteció. Sin embargo, esta producción independiente canadiense consigue rentabilizar su escasez de medios y robar el corazón del espectador más sensible mediante una bizarra historia de “amour fou” de aliento mágico, sentimental y bastante perverso.

Chep (notablemente encarnado por Michael Pitt) es un “borderline” cinéfilo que trabaja como recadero en un polvoriento y grotesco almacén de atrezzo. Debido a su esquiva e indefensa personalidad, rayana en el autismo, mantiene una inexistente relación con el mundo exterior. Vive en el mismo almacén, rodeado de los más extravagantes cacharros y sólo sale para ir a un pequeño cine de barrio donde, cada noche, devora con expresión dulce y obsesiva el mismo y trágico melodrama. Mientras sueña con vivir un romance de película, pasa por la vida como un fantasma, ajeno al tímido interés que despierta en la modosa y joven taquillera. Pero, como nos suele ocurrir a todos en estos casos, al bueno de Chep le da por enamorarse hasta las trancas de la mujer menos indicada…

Cuando una hermosa directora de arte llamada Fran (interpretada por una de mis más recientes debilidades personales, Paige Turco) le encarga una serie de excéntricos pedidos de atrezzo –el primero de ellos, los ojos de rinoceronte a los que alude el título- para el rodaje en el que está trabajando, Chep se ve obligado a incurrir en una escalada ascendente de robos y hurtos con el único fin de satisfacer a su amada.

Ocultando su identidad bajo una entrañable máscara de Tor Jhonson (en todo un ejemplo de galantería “freak”), intenta ganarse el favor de Fran haciendo las veces de torpe merodeador nocturno. Sus patéticos progresos criminales le ponen en el punto de mira de un pintoresco detective de policía amante de los musicales (un divertidísimo Gale Harold, antes de “petarlo” todo en “Queers as Folks”), Chep inicia un lento descenso a los abismos de la locura, manteniendo una turbulenta relación pasional con Fran en su mundo imaginario de romance en cinemascope

Lo demás, ya se sabe: amor, piezas de ortopedia, dedos índices seccionados de raíz, alucinaciones visuales y sonoras. Mal rollo del bueno; y encima, bonita.

P.D.: Que yo sepa, la película sigue sin estrenarse comercialmente en España, aunque ha sido editada en DVD y está disponible en Amazon. Esperemos que el próximo esfuerzo de Woodley (un “thriller” psicológico titulado “Drone” anunciado para 2008 ) cuente con una distribución normalizada.