“Me And Van Sant Down In the Skateboard Park”
Junio 23, 2008
¡Qué bonita película se ha sacado de la manga Gus Van Sant! Casi un clásico instantáneo, diría yo. Y lo diría así, con la boca grande y el corazón en un puño. Si con sus últimos experimentos –“Gerry” (2002) y “Last days” (2005)– había dado muestras evidentes de que se le estaba pasando el arroz como cineasta, con “Paranoid Park” (2007) por fin le ha salido un film modesto, sencillo, cotidiano y con la dosis justa de poesía visual y acné adolescente como para no empalagar ni resultar pretencioso.
Eso en la superficie, claro, porque como quien no quiere la cosa nos encontramos ante un peliculón de rompe y rasga, capaz de rememorar en el espectador actual emociones similares a las generadas por el estreno de “Malas Tierras” en los primeros setenta. Siguiendo los pasos del maestro Mallick, Van Sant descontextualiza el género del “thriller” criminal, adoptando un distanciamiento evocador y fascinante. Olvidaos, pues, de las bochornosas recreaciones de “crónica negra” hormonal de Larry Clark o del presuntamente sofisticado “noir-teen” de “Brick” (Ryan Johnson, 2005), porque lo que aquí se nos cuenta (y sobre todo cómo se nos cuenta) es, por suerte, otra cosa bien diferente.
Van Sant ha sabido retomar con brío los hallazgos formales de “Elephant” (2003), negándose a abandonar del todo el amaneramiento “arty”, pero sin perder por ello el hilo de la narración. Los que en su día criticaron la (supuesta) carencia de contenido de su reflexión estética sobre la tragedia de Columbine, se quedarán sin argumentos tras el visionado de “Paranoid Park” y su estupendo retrato del “angst” adolescente de un skater (un aplauso para el novato Gabe Nevins) al verse envuelto en un homicidio involuntario.
Como no podía ser menos, quedan atisbos de ese rollito etéreo, entre efébico y posmoderno que tanto pierde al de Portland, mezclados con una serie de referencias veladas a las clásicas “huidas hacia delante” de Holden Caulfield, Antoine Doinel y demás inadaptados quinceañeros… pero Van Sant acierta en dotar al conjunto de un tratamiento sincero y muy coherente con el tono de la historia que se nos está contando, evitando así caer en el “pastiche” estético. Y eso, aún a costa de homenajear a Elliot Smith y al mismísimo Nino Rota en su banda sonora: con un par.
Quedan para el recuerdo más de una secuencia brillante. Mi favorita, sin duda, es de suponer que se encontraba ya en el original literario de Blake Nelson. En ella se aporta un sentido último al afán de Alex en narrar los acontecimientos a modo de diario, presentando la escritura como vía de escape del chaval para exorcizar su culpa. Por eso, cuando llega el plano en el que Alex quema el original sin que nadie más que él (y en cierta medida, el espectador) conozca su contenido, a un servidor se le puso un nudo en la garganta de puro bonito.
Por lo que a mi respecta, “Paranoid Park” no solo es su película más redonda en años, sino que con ella Van Sant se reafirma como el mejor (y menos evidente) portavoz adulto del universo adolescente de la actualidad. Y que se joda “Juno” (Jason Reitman, 2007), con todo lo que ello representa.

