¡Namasté, simios!

Aquí me tenéis, de nuevo en Madrid, recién llegado de las vacaciones. Han sido dos semanas increíbles de verdad, en las que he tenido oportunidad de visitar templos milenarios, presenciar cremaciones y hacer cientos de kilómetros a lomos de camello y elefante. Entre medias, he sacado tiempo para rodearme de monos y disfrutar de la exótica gastronomía local. O sea, que muy, pero que muy bien.

He vuelto a casa con una libreta llena de notas, más de quinientas fotografías y el zurrón repleto de baratijas alucinantes: ídolos de sándalo, colgantes de hueso de camello y demás muestras de la bizarrísima imaginería hinduista. El opio, claro está, se lo quedaron los de Aduanas.

En cuanto ponga un poco en orden mi maltrecha cabeza, prometo haceros un somero repaso de lo que dieron de sí los doce días que he pasado por allí haciendo el Marco Polo.

[P.D.: Por cierto, aunque no venga a cuento de nada, ahí va un aviso: “Batman, the Dark Knight” es una verdadera maravilla. ¡Si no lo digo, reviento!]