“Why so serious?”
Agosto 11, 2008
El impacto que me ha producido el visionado del nuevo Batman de Christopher Nolan ha sido tal, que a estas alturas todavía no sé muy bien por dónde empezar esta reseña. Por desgracia, uno no está demasiado acostumbrado a ver como una película de semejantes características no sólo cumple con todas y cada una de sus expectativas (cosa que ya me ocurrió este año con el estreno de “Indiana Jones y el Reino de las Calaveras de Cristal”), sino que además las supera con creces. Porque “The Dark Knight” no se contenta simplemente con prolongar los logros precedentes de la también estupenda “Batman Begins” (Christopher Nolan, 2005). Esta vez Nolan y su equipo van mucho más lejos, dotando a sus personajes de una mayor profundidad psicológica y aportando una mayor verosimilitud infográfica a las escenas de acción. El resultado es todavía más oscuro, “realista” y apasionante de lo que muchos esperábamos. Pero vayamos por partes…
En primer lugar, Dios bendiga a Nolan por perpetuar con esta película una ruptura definitiva con las anteriores entregas de la franquicia del hombre murciélago. Por un lado ha conseguido borrar de nuestra memoria las aberrantes y decadentes “Batman Forever” (1995) y “Batman & Robin” (1997) de Joel Schumacher; por otro, ha superado el trasnochado prejuicio de que el díptico de Burton era insuperable en su revisión posmoderna del mito. Paparruchas, amigos: “The Dark Knight” le enmienda la plana a todo cuanto hemos visto antes y se erige, sin demasiado esfuerzo, como la mejor de la saga.

Por otra parte, Nolan ha sabido dotar al tan denostado “cine-espectáculo” hollywoodiense de una enjundia inédita desde hacía años en una sala de cine. Para ello, el guión, firmado por el propio Nolan, su hermano Jonathan -responsable también del libreto original de “Memento” (Christopher Nolan, 2000)- y el especialista en la materia David S. Goyer, es lo suficientemente inteligente como para terminar de despojar al personaje de cualquier atisbo de las ínfulas intelectualoides de Alan Moore o los alegatos fascistoides de Frank Miller. Los autores aciertan de nuevo al derivar el eje del relato hacia el melodrama “noir” y psicopático; pero hasta en esto han sido más listos que nadie. Aquí no queda resquicio alguno para el romanticismo superheroico y blandengue de Bryan Singer y sus “X-Men”. El Batman de Nolan exterioriza el sacrificio, la ira y la culpa, pero no es un personaje atormentado.
Del mismo modo, las secuencias de acción (que son la mayoría) huyen del tópico frenético y atropellado del género. Están muy bien concebidas y todavía mejor resueltas, en parte gracias a un montaje que ayuda a que resulten vibrantes, pero no taquicárdicas y contribuyan a hacer avanzar el relato. Y es que casi lo mejor de todo es que estas escenas tienen un valor narrativo, no meramente expositivo; es decir, que aunque cuentan con innumerables prodigios visuales, saben rentabilizar los fuegos de artificio sin quedarse en las Fallas de Valencia, no sé si me explico.
Sigamos ahora con el reparto: de nuevo excelente, sobretodo los secundarios. Michael Caine, Morgan Freeman y Gary Oldman destacan una vez más por encima de la media, aunque quienes se llevan el gato al agua, una vez más, son los villanos. Pero no adelantemos acontecimientos y concedámosle a Christopher Bale que la suya es la mejor encarnación posible del héroe para la gran pantalla. Su interpretación gana en matices con respecto a la precedente de “Batman Begins”, en parte gracias también a la incorporación en el reparto de Maggie Gyllenhaal, quien resulta mucho más creíble en su papel que la inapropiada Katie Holmes. Pero pasemos al plato fuerte de la función: Aaron Eckhart y Hugh Ledger.
He de reconocer que el esfuerzo del primero por amoldarse al papel de Harvey Dent / “Dos Caras” me ha sorprendido para bien. Hasta ahora, Eckhart me había dejado más bien frío con sus tibias caracterizaciones en películas más bien poco memorables, como “Paycheck” (James Rethrick, 2003) o “La dalia negra” (Brian De Palma, 2006). Pero esta vez es justo reconocerle el mérito de levantar un personaje lastrado por el recuerdo de la penosa e histriónica interpretación de un Tommy Lee Jones en horas bajas en la denostable “Batman Forever”. Eckhart sale muy bien parado de la comparación, ajustando su rol al juego siniestro de luces y sombras planteado por Nolan.
Sobre la brillante composición de Ledger se ha escrito ya tanto (antes y después de ver la película) que me resulta algo cansino redundar en lo que ya todos sabéis. Dejando aparte las fúnebres connotaciones de semajante “canto del cisne”, lo que sí os diré es que deja a Nicholson a la altura del betún, cosa que me regocija hasta límites insospechados. Nunca me convenció demasiado el aspecto de fantoche del Joker de la primera entrega; es más, incluso me resultaba algo vergonzoso. La de Ledger, por el contrario, es una “performance” en toda regla (para disfrutar en su plenitud en versión original), con una intención muchísimo más siniestra y compleja. Para empezar, no se trata de un vehículo de lucimiento para la estrella ególatra de turno. En consecuencia, Ledger consigue una interpretación brillante y nada exhibicionista, transmitiendo la locura sociopática y homicida del personaje sin recurrir al alarde histriónico. Su deformidad física y psicológica es visceralmente real en sus cicatrices y falta de justificaciones. En ningún momento se da al espectador pistas sobre el verdadero origen del monstruo; es más, a lo largo de la película el propio Joker se encarga de dejar clara la inútil relevancia de cualquier explicación al respecto, mediante repetidas versiones diferentes sobre la génesis de su maldad. A veces recuerda un poco al planteamiento que se hacía sobre la violencia el Haneke de “Funny Games” (1997): ¿acaso una respuesta haría más tolerable sus actos?
En rasgos generales, la cinta de Nolan aporta excitantes novedades y no pocos hallazgos. Por ejemplo, quedan para el recuerdo el guiño cinéfilo a las máscaras de “Atraco Perfecto” (1956) de Kubrick en la secuencia del robo al banco y la aportación de los “imitadores” del Señor de la Noche. Ahora bien, la idea de reflexionar sobre la voluble moral del ser humano a partir de la violenta irrupción de una desestabilización social basada en el terrorismo (así como el cuestionamiento de la Ley en sus métodos judiciales y aplicaciones políticas) se antoja un material de lo más inflamable para una simple película de superhéroes. Así y todo, Nolan se permite la licencia sin caer en discursos grandilocuentes y endebles a lo “V de Vendetta” (James McTeigue, 2005), redondeando así un film digno de elogio que alcanza las cotas de clásico contemporáneo en el escalofriante enfrentamiento careo de Batman con el Joker, adquiriendo unas resonancias “dopplegangerianas” de lo más estimulantes.
Bravo por Chistopher Nolan. Aquí lo que hay, por fin, son muchas nueces.



