De vez en cuando ocurre que te topas sin querer con un libro, un disco o una película de la que nunca he oído hablar y que consigue despertar en ti una curiosidad imprevista. Las razones pueden ser de lo más variopintas; a veces basta con una portada llamativa, un aspecto excitante, una imagen misteriosa… Pero cuando uno lleva tanto tiempo dedicándose a rastrear rarezas, a menudo cae en la cuenta de que existen razones más que justicadas para que determinadas obras hayan sido relegadas al olvido.  La mayoría de las veces te acercas a alguna de ellas en busca de un premio a tu constancia por desenterrar tesoros ocultos y lo único que recibes a cambio son decepciones absolutas o descubrimientos anecdóticos. Las menos, resulta que el esfuerzo ha valido la pena y se te dibuja una sonrisa de orgullo en la cara al pensar que, por una vez, puedes ser tú quien haga saltar la liebre.

Pues bien, “Den Brysomme Mannen” pertenece al bando de los hallazgos. No sólo por su innegable interés y calidad, si no por tratarse de un título a contracorriente dentro del panorama cinematográfico actual. No termino de explicarme porqué un título como éste (galardonado en los festivales de Cannes, Sitges, Bruselas, Atenas, Noruega y Amsterdam, entre otros) ha pasado tan desapercibida como para que hasta resulte complicado encontrar referencias a ella en los medios especializados. El hecho de que haya durado lo que un suspiro en las carteleras españolas no supone ninguna sorpresa, claro. Al fin y al cabo se trata de una película noruega en la que se le exige al espectador algo más que engullir palomitas. Si a eso le sumamos un carácter alegórico de crítica social para nada complaciente, ya podéis imaginaros el porqué de su condición casi inédita en nuestras pantallas.

En principio nos encontramos ante una fábula de aliento kafkiano sobre la toma de conciencia de un oficinista sobre la pérdida de valores de una sociedad consumista y en apariencia idílica. Su director, Jens Lien, asume el envite de un guión plagado de simbolismos, abogando por una narración en la que el peso de los silencios juega un papel capital. Su cómplice, Per Schreiner, pone a su disposición los elementos necesarios para llevar a cabo un desangelador retrato de la superficialidad de las relaciones humanas en esta nueva era de la globalización capitalista, retratando la alienación emocional con un pesimismo casi misántropo. Adscrita a una especie de realismo fantástico, la cinta se centra en el proceso de extrañamiento del personaje protagonista (un notable Trond Fausa Aurvaag) que va tomando conciencia de la monótona levedad de su existencia a través de una sucesión momentos de malintencionado, violento y surrealista humor negro. Su intento de romper con lo que le rodea, en busca de una felicidad real, alejada de tanto sexo mecánico, manjares insípidos y banalidad de Ikea, se salda con un final tan poco gratificante como revulsivo.

Os advierto que no es una película fácil. La necesidad de asumir un ritmo pausado pero constante y una fotografía convenientemente gélida, pueden hacer de “El inadaptado” uno de esos platos de digestión lenta. A veces, la austeridad de la puesta en escena puede recordar al cine de Kaurismaki, pero los personajes que rodean al protagonista resultan tan carentes de emociones humanas que finalmente la balanza se decanta hacia el lado de las fábulas políticas checoslovacas de los años setenta.

En resumidas cuentas: una película que llama a la reflexión y que, sin resultar en absoluto aburrida, puede llegar a atragantarse a quien busque un relato convencional. A los demás os garantizo que la experiencia vale mucho la pena.