“Francotiradores de taquilla”
Septiembre 10, 2008
Hoy toca alegrarse por el inminente estreno de “El rey de la montaña”, una estimable aproximación de Gonzalo López-Gallego -responsable de la reivindicable “Nómadas” (2000)- de corte “survival” al estilo “Deliverance”, que finalmente podrá verse en pantalla grande a partir de este fin de semana. Rodada en 2007, la película ha pasado por un suplicio similar al de “Los cronocrímenes” (2007), permaneciendo pendiente de estreno a expensas de la miopía de los distribuidores y exhibidores españoles. Al igual que ésta, la película corría el peligro de coger polvo en algún cajón incluso después de haber vendido los derechos para un posible “remake” norteamericano. Y aunque parece que Vigalondo ha conseguido finalmente llevarse el gato al agua, el film de López-Gallego parecía predestinado a convertirse en una película de culto dentro de circuitos reducidos y festivales especializados, corriendo similar suerte que la admirable (y fugazmente estrenada) “Tres días” (2008) de Francisco Javier Gutiérrez.
A estas alturas suena hasta infantil poner el grito en el cielo ante el ninguneo sistemático del que son objetos los jóvenes realizadores españoles por parte del “establishment” actual. Está claro que, dentro de una industria tan acomodada y “subvencionada” como es la nuestra, no queda hueco para voces que escapen del planteamiento comercial o intenten aportar algo de originalidad. Sobre todo al tratarse –en los tres casos, qué curioso- de películas de género, algo que siempre supone un escollo a la hora de que la Academia te tome mínimamente en serio, a no ser que tus apellidos sean Amenábar o De la Iglesia.
Al margen de evidentes injusticias coyunturales, “El rey de la montaña” merece que se le preste una atención que, me temo, le será negada hasta que sea redescubierta por el público en su hipotética edición en DVD. Algo parecido a la bastante recomendable “El habitante incierto” (Guillem Morales, 2005) que, a pesar de hacerse con un par de premios en el palmarés de Sitges, hubo de contentarse también con el reparto de las migajas.
Pero, antes de nada, seamos cautos y pongamos la cinta de López-Gallego en el punto de mira. Esta claro que la peripecia que plantea “El rey de la montaña” transita por cauces bastante reconocibles: apenas un par de personajes, aislados en un entorno hostil, son perseguidos a tiro limpio por unos misteriosos cazadores. Hasta aquí nada nuevo, cierto. Sin embargo, el giro que toma la narración a mitad de película la desvincula de títulos similares, como “Bosque de sombras” (2006) de Koldo Serra, para situarnos en un drama mucho más naturalista, directo y sin concesiones. Excelentemente fotografiada, sorprendentemente bien escrita y dirigida con pulso férreo, la película funciona casi a la perfección por mucho que beba de fuentes algo manidas. Se intuyen apropiaciones del Spielberg de “El diablo sobre ruedas” (el arranque en la gasolinera y las secuencias de carretera) y de “La presa” de Walter Hill, a través del conciso retrato de los “cazadores” y sus métodos paramilitares. Pero las intenciones de López-Gallego van más allá de una simple mímesis de patrones ajenos. El resultado es sobrio y cuidado, sin lugar para guiños y homenajes que hagan entorpecer la acción, ni estridencias innecesarias que nos distraigan de lo verdaderamente importante. Tal y como debería de ser norma y no excepción.
En vista de lo irreprochable de la factura, encañonemos ahora al elenco artístico. Leonardo Sbaraglia y María Valverde son de esa clase de actores cuyas interpretaciones se me suelen atragantar más que un hueso de pollo. Aún reconociendo cierta antipatía irracional hacia la pareja protagonista, en esta ocasión es justo reconocer el buen trabajo que ambos han conseguido con sus respectivas caracterizaciones. Una labor encomiable, basada en unas interpretaciones físicas y realistas, acordes con el áspero tratamiento del director, que dotan de un verismo por momentos escalofriante a la huída frenética, desesperada y trágica de los personajes.
Así las cosas, el resultado final no es más que un muy apreciable y competente intento por insuflar nuevos aires a una filmografía que menosprecia cualquier indicio de frescura, a favor de productos plomizos, conservadores y -lo más alarmante de todo- aburridos. Sería una lástima que López-Gallego (premiado en la Bienal de Venecia o los Festivales de Cine de Nueva York y Toronto ) se viese obligado a engrosar la nómina de realizadores prometedores abocados a encargos alimenticios para televisión o al ostracismo sin tregua. Por mi parte -aunque de poco sirva- puede contar ya con los seis euros de mi entrada. Todo sea para que la repercusión de su esfuerzo, como la de tantos otros antes, no quede reducida a la frustrante combustión de la pólvora mojada.
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