Para los nostálgicos de los subproductos autóctonos, resultan especialmente recomendables las reediciones de las bandas sonoras del inefable Jess Franco. Como todo el mundo sabe ya a estas alturas, no sólo hablamos de uno de los máximos exponentes del softcore fantaterrorífico patrio, sino del cineasta nacional más prolífico de la historia. Pero lo que mucha gente no sabe (o más bien, parece no querer enterarse) es que el tío Jess era un compositor bastante notable. Durante los años sesenta y setenta, Franco firmó (generalmente bajo el pseudónimo de David Khune) de las bandas sonoras para las co-producciones con Francia e Italia que el mismo escribía y realizaba. Su concepción abiertamente psicodélica de la música dejó espacio a su pasión vocacional por el jazz cimbreante (colaborando en más de una ocasión con el mismísimo Chet Baker), la bossa nova trotona y el lounge caleidoscópico.

Manfred Hubler & Siegfried Schwab – “Vampyros Lesbos” (Motel, 1996)

Como no podía ser de otro modo, la música de sus films trasciende en la mayoría de los casos los valores estrictamente cinematográficos de títulos como es el caso de “Vampyros Lesbos”, compuesta  tambien bajo sobrenombre artístico y al alimón con Manfred Hubler, revelando un asombroso talento para las atmósferas calenturientas de temática lésbica y gore. ¡Sexodelia y olé!

A mediados de los noventa comienza a estilarse la reivindicación de los scores pornográficos. En la mayoría de los casos se trata de una mera estrategia mercadotécnica que lo que verdaderamente busca es sacar tajada de la nostalgia malentendida, bien sea mediante el talante paródico, la militancia freak o el guiño cinéfilo. Aprovechando la coyuntura surgieron proyectos de gusto más que dudoso, como Pop Porn Band cuya ópera prima, “Pop Porn” (Import Records, 2001), pretende enmascarar el subterfugio con una aplicada imitación de los cánones setenteros. El resultado es más bien pobre, aún contando con ocasionales destellos de gracejo almodovariano (“Deep Note Blues” y “Tea Bag Hustle”).

Asimismo ve la luz una nueva franquicia de recopilaciones que bajo el epígrafe de “Sex-O-Rama” (Oglio Records, 1997-1998) pretende rivalizar con sus notables predecesoras. Aún reconociendo la simpatía que puede despertar en el aficionado la participación en semejante desaguisado de la starlette Jenna Jameson, las dos entregas de la serie apenas rozaron el aprobado. Y es que su recalcitrante apego al “raca-raca”, el “woka-woka” y demás cacofonías de trempantes evocaciones llega a aburrir debido a su homogeneidad monocorde, por mucho que se intente disfrutar en la intimidad del dormitorio de las prestaciones fotogénicas de la Jameson y los jadeos preliminares entre canción y canción.

A medio camino del expolio creativo y el caradurismo publicitario se encuentran los dos álbumes de Pornosonic, una curiosa colaboración entre el teclista angelino Don Argott y la carismática estrella del porno ochentero, Ron Jeremy. Bajo la premisa de “recrear” el sonido de bandas sonoras inéditas de aquel entonces, sus dos trabajos editados hasta la fecha, “Pornosonic” (Valley, 1999) y “Cream Streets” (Valley, 2005), suponen un ejercicio lúdico y sin pretensiones que agradan precisamente por su condición de mero entretenimiento, a lo que hay que sumar los divertidísimos diálogos del entrañable Ron, supuestamente extraídos de las cintas originales.

V.V.A.A. – “Beat in Cinecittá” (Vol. 1, 2 & 3)”

Conviene prestar especial atención a las recopilaciones “Beat al Cinecittà” y sus análogas “Easy Tempo” y “Shake Sauvage”, que recuperan pequeñas joyas del erotismo italiano, el sleazy listening alemán y el french touch de aquellos años, haciendo gala de un envidiable rigor enciclopédico y un exquisito buen gusto por el porn score “de autor”. Gracias a sus responsables, podemos regodearnos en las sobresalientes composiciones de algunos de los mejores compositores europeos del momento, como Pierre Bachelet, Klaus Harmony (encumbrado por sus exégetas como “el Mozart del cine erótico”), Gert Wilden, Bruno Nicolai o el mismísimo Ennio Morricone. Sólo queda descubrirse ante pequeñas obras maestras del priapismo aural como “Historie d’ O”, “Sexy Girl“, “Autoestrada Per Los Angeles”, “Sospiri Da Una Radio Lontana”… o estremecerse ante los gemidos retozones de la sinpar Rita en la antológica “Erotica”.

Ahora bien, si lo que uno quiere es profundizar en los procelosos cauces del porno europeo, nada mejor que echar mano a dos recopilatorios absolutamente infalibles: “Parties Fines (A Voluptuous Journey Through 70’s French Erotic Cinema)” (Vadim Music, 1998) y “St. Pauli Affairs” (Red Light Music From The German Reeperbahn Movies Of The 60’s and 70’s)” (Diggler Records, 2002). Ambos artilugios entran a pelo y sin vaselina desde la primera escucha, con la ruda suavidad de un guante de seda forjado en hierro.

“Parties Fines” ofrece un somero muestrario del delicado savoir-faire de los franceses en las lides de alcoba, proporcionando un extenso abanico de registros que van desde la impostura clásica de pletóricas producciones instrumentales a la promiscuidad hedonista de la música disco, pasando por incestuosas baladas melifluas de inspiración gainsbourghiana. Todo ello, por supuesto, desde la óptica progresista y “chic” que les proporcionaba su chovinista concepción de la liberación sexual del Mayo francés, rien ne va plus.

Por su parte, “St. Pauli Affairs” nos enfrenta con la cara más escarba en facetas no por sórdidas menos sofisticadas. Gracias a la encomiable labor de documentación de sus responsables, el disco nos ofrece una panorámica de los polémicos “Reeperbahn Films” que, desde finales de los sesenta y hasta mediados de los setenta, pusieron sobre el tapete las prácticas sexuales centroeuropeas. Baste añadir que Reeperbahn era el nombre de la calle más popular del “barrio rojo” de Hamburgo y que el espíritu libertino de sus aceras y soportales son retratados con énfasis crapuliento por músicos de indiscutible talento como Peter Schirmann, Rolf Kuhn, Wolfgang Hartmayer o Peter Thomas.

Gert Wilden – “Schulmädchen Report” (EFA Imports, 1996)

Mención aparte merece “Schulmädchen Report”, obra magna del anteriormente citado Gert Wilden, cuyas fanfarrias de rock ácido, proto-electrónica ye-yé y loungecore bizarro, nos deleitan y sorprenden de puro barroco y mostrenco. Una banda sonora de culto tan arrebatadoramente sexy, jovial y divertida… como la propia película.

El sello discográfico de culto Ligth In The Attic lleva tiempo dando muestras de su olfato para reflotar pequeñas obras maestras para sibaritas del sonido retro y vintage. Una de sus más celebradas operaciones en la materia ha sido el rescate de antiguas bandas sonoras del cine porno de los años setenta, descubriendo todo un torrente secreto de infecciosas melodías venéreas, que arrancan gozosos gemidos de placer de los paladares más curtidos en materia de excesos tórridos.

V.V.A.A. – “Deep Throat Anthology, Pts I & II” (Light In The Attic, 2004)

De entre su envidiable catálogo despunta por derecho propio la banda sonora original del clásico por antonomasia del género que nos ocupa, “Garganta profunda” (Gerard Damiano, 1973). Como corresponde a la ocasión, la reedición en vinilo de 180 gramos es prolija en material gráfico, respetando el delicioso artwork original e incluyendo un libreto con lúcidas observaciones del sexólogo William Wackenstein, además de una reproducción del póster original que hará las delicias de cualquier coleccionista de hábitos onanistas. Similares prestaciones erógenas presenta la reedición del “score” de “Garganta profunda 2” (Joseph W. Sarno, 1974), con el añadido de las notas a pie de cama del entrañable Ron Jeremy.

Ambos títulos ofrecen un muestrario completo del prodigio lúbrico conocido como “porn groove” que, amamantándose de los derroteros más procaces de la música negra, elevan la moral con letras escabrosas al servicio de una rítmica sudorosa pero elegante. Con temazos del calibre de “She’s Got To Have It”, “Deeper And Deeper” o el instrumental “Pussy Cola” es tan sólo cuestión de tiempo que alguna lumbrera hollywoodiense de la talla de Quentin Tarantino repare en las prestaciones sonoras del género y lo popularice en alguna de sus películas.

Bernard “Pretty” Purdie – “Lialeh” ( Light In The Attic, 2003 )

De hecho, otra de las referencias del sello, la banda sonora de “Lialeh” (Barron Bercovichy, 1974) no desentonaría en absoluto en el metraje de “Jackie Brown” (Quentin Tarantino, 1997). Se trata de una golosina blaXploitation que deja en pañales a cualquier soundtrack de la época, llevándonos más allá de lo que el mismísimo Shaft se hubiera atrevido nunca. El responsable de semejante bomba sexual no es otro que Bernard “Pretty” Purdie, batería y músico de sesión que puso en clave de sol el “punto G” de la comunidad negra al tiempo que colaboraba con artistas de la talla de Curtis Mayfield, Aretha Franklin, los Rolling Stones o James Brown.

El derroche de testosterona alcanza cotas inimaginables a golpe de “fuck funk” de alto copete y baja cama. El wah-wah incendiario de “All Pink In The Inside” y la incitaciones al lenocinio (al más puro estilo de Marvin Gaye) de la estelar “Touch Me Again” contribuyeron en su momento a subir la temperatura de las butacas. Y lo que es más importante: todavía hoy consiguen hacer que el oyente se corra de gusto. Con perdón.

V.V.A.A. – “Inside Deep Note: Music of 1970s Adult Cinema” ( OST Grammofonpladen, 2003 )

Siguiendo la húmeda brecha abierta por Light In the Attic, los excelentes recopilatorios de la serie “Deep Note” resultan infalibles a la hora educar oídos profanos y familiarizarlos con el excitante sonido clásico del cine porno de los setenta. En los numerosos cortes de cada CD abundan los sucios “riffs” de guitarra, mezclados con excitantes muestras de electrónica trotona a cargo de sintetizadores analógicos y los inevitables arreglos de saxofones sicalípticos.

Sin lugar a dudas “Inside Deep Note: Music of 1970s Adult Cinema” destaca como su entrega más recomendable, ofreciendo al oyente una cuidada selección de las mejores piezas de la época dorada del “cine para adultos”. Al margen del interés fetichista de su cuidada edición (que cuenta con un imprescindible libreto de dieciséis páginas a todo color en formato digipack), su contenido glosa con esmero tan calenturiento legado.

Hostias Como Panes 06 – “¡Ábrete de orejas! (Demo Session)”

[Ya está en los kioscos el primer número de la nueva etapa de la revista tendenciosa “ARTO!”: 64 paginazas a todo tren y en colorines a cambio de 3,80 cochinos euros. Y nada mejor para inaugurar la nueva temporada que un número lleno de turbias instantáneas y textos de esos que se leen con una sola mano. Aquí os dejo (ampliada, por entregas y con la correspondiente “demo session” de regalo) mi aportación a este “Especial Sexo Drogas & Rock’n’roll”: un recorrido por el Porn Groove, el Fuck Funk y el Lounge Sexodélico. Si os gusta, pasad por caja que el soporte impreso sigue siendo mucho más cómodo de llevar al excusado.]

En la actualidad existe un movimiento subcultural alrededor del denominado “porno sound” que lo mismo da cabida a bandas-tributo que reinterpretan grandes clásicos del género, como a recopilatorios de rarezas y compilaciones de aficionados, remixes para las pistas de baile o incluso canales especializados de Internet que ofrecen la más variada programación en streaming las veinticuatro horas del día.

En el cine porno de hoy en día es de lo más habitual toparse con raperos y rockeros, tanto delante como detrás de las cámaras. Por norma general los músicos que prestan sus servicios al pornográfico suelen adoptar una cierta pose de distanciamiento y condescendencia de cara al público, utilizando el medio como una forma fácil de ganar dinero rápido y dar salida a sus sueños húmedos de “rock-star” en decadencia. Excepcionalmente podemos encontrarnos con auténticos artistas que se esfuerzan por ofrecer a la audiencia partituras lo suficientemente inteligentes y creativas como para estimular nuestros sentidos más allá de la entrepierna. Un funesto fenómeno, por otra parte, cada vez más extrapolable a las demás parcelas artísticas.

Sin embargo, durante los años setenta y primeros ochenta, los pornógrafos del cine independiente norteamericano aplicaron sus conocimientos en materia de bandas sonoras para aportar a sus películas un background musical seductor y cautivador, combinando la sofisticación del jazz, las prestaciones vocales del soul y la pegada rítmica del funk con el exotismo del lounge y la calidez de ciertos ritmos latinos como la bossa o la salsa.

Curiosamente en los cines, teatros y galerías de arte de la bahía de San Francisco se mantiene desde hace años un circuito de actuaciones en vivo en el que una formación de músicos profesionales versionan en directo antiguas bandas sonoras de porno. Bajo la apropiada nomenclatura de PornOrchestra, realizan sus performances con el acompañamiento de proyecciones de clásicos del cine X, en un esfuerzo por llevar a cabo una “reinterpretación radical de las sonoridades pornográficas”. Como ellos mismos anuncian a través de su página web, la peculiar puesta en escena de sus actuaciones podría definirse como el equivalente a “una banda circense con el ojo fijo en los artistas del trapecio”. Del mismo modo, concluyen que se trata de “un género complicado que ha sido menospreciado pública y sistemáticamente, tanto por la usura de los propios productores como por la desidia de los propios consumidores”. Un problema que acarrea desde el auge de la industria videográfica en los años ochenta y que ha terminado de agravarse en nuestros días con la hegemonía del “gonzo” y la práctica “amateur”. Por ello no es de extrañar que la mayoría de espectadores recurran instintivamente a bajar el volumen de sus equipos una vez han pulsado el “play”.

Ahora bien, el creciente reconocimiento que este tipo de música está experimentando por cierto sector de la crítica más heterodoxa y underground, obedece a un más que evidente sentimiento de complicidad y nostalgia. Aunque el encanto de las melodías naif y los arreglos cheesy resulta innegable, se echa de menos una visión más objetiva del fenómeno musical de las bandas sonoras pornográficas. Una percepción más especializada y rigurosa que nos ayude a separar –nunca mejor dicho- el grano de la paja.



Es un hecho que el “Nuevo Cine Coreano” está de moda y en plena forma. En los últimos años hemos tenido oportunidad de apreciar el indudable talento de algunos de sus más jóvenes y prometedores artífices, gracias a títulos tan representativos y admirables como “Oldboy” (Park Chan-Wook, 2003) o “The Host” (Bong Joon-Ho, 2006). Tras la deslumbrante irrupción a nivel internacional de la “trilogía de la venganza” de Park Chan-Wook y la consagración definitiva de Kim Ki-Duk con su estupenda “Hierro 3”, todo hacía augurar un cierto aperturismo de nuestras carteleras hacia los excitantes productos importados desde Seúl.

Pero a pesar del reconocimiento masivo del que gozan últimamente las cinematografías orientales, tanto en festivales y medios especializados, las distribuidoras todavía se muestran algo reacias a darles un una salida comercial digamos “normalizada” de cara al espectador español. Personalmente se me escapan las razones que llevaron a retrasar hasta dos años (¡!) el estreno de un título tan esperado por los aficionados como “I’m A Cyborg But That’s Ok” (Park Chan-Wook, 2006) y que permite a los exhibidores nacionales eludir la responsabilidad de difundir pequeñas y maravillosas anomalías como “The Quiet Family” ( Kim Ji-Woon, 1998 ) o “Save the Green Planet!” (Joon-Hwan Jang, 2003),  inexcusablemente todavía inéditas en nuestras pantallas.

Todo esto viene a cuento del anuncio del inminente estreno español de “The Good, The Bad and The Weird” ( 2008 ) la última película de Kim Jee-Won -director así mismo de las celebradas “Dos hermanas” (2003) y “A Bittersweet Life”(2005)- y que llegará a los cines con casi un año de retraso. Dice el refranero que “nunca es tarde si la dicha es buena”, pero cuando finalmente veáis la película seguro que compartiréis conmigo el berrinche.

Anunciado como un remake libérrimo de “El Bueno, el Feo y el Malo” (Sergio Leone, 1966), de lo que realmente se trata es de un espectacular ejercicio de estilo, que homenajea el “spaghetti-western” y reivindica con orgullo el espíritu de aquel lejano “cine de entretenimiento” en formato panorámico. Jee-Won retoma la senda lúdica y desmitificadora emprendida por Takashi Miike con su gozosa y excesiva revisitación del sangriento ciclo de Sergio Corbucci, Sukiyaki Western Django” (2007). El resultado es una explosión de dinamismo hedonista como hacía tiempo que no se veía en una pantalla de cine; el tipo de película ideal para reflotar el niño que llevamos dentro y dejarse llevar por la verdadera magia escapista del mejor cine palomitero.

Enérgica, pletórica y rimbombante, “The Good, the Bad and the Weird” nos ofrece un verdadero festín de dos horas llenas de imágenes impagables, acción a raudales y alardes técnicos realmente abracadabrantes. Es dinámica, divertida e ingeniosa y cuenta con un elenco protagonista verdaderamente carismático y talentoso, con Lee Byung Hun (A Bittersweet Life”) en el papel de “El Malo”, Jung Woo Sung (The Restless”) como “El Bueno” y Song Kang Ho (“The Host”) bordando el personaje de “El Raro”. ¿Qué más se puede pedir?

La historia discurre a partir de la anécdota argumental de un codiciado “mapa del tesoro” que desemboca en todo un torrente de situaciones disparatadas y emocionantes, tal y como debería ocurrir en los relatos de aventuras que realmente se precien de serlo. Aún así habrá quien tache la cinta de intrascendente, pirotécnica y vacía. A buen seguro serán los mismos que en su momento pusieron en tela de juicio al Tarantino de “Kill Bill” (2003 – 2004) o defenestraron la última entrega de Indiana Jones. Es decir: los mismos amargados de siempre, que prefieren hundirse en el plúmbeo ejercicio acomodaticio del “My Blueberry Nights” del narcisista Wong Kar-Wai, antes que dejar volar su imaginación en una sala oscura. Os estoy hablando de aquellos que no saben apreciar en su justa medida el saludable ejercicio de la evasión cinematográfica… y piden un refresco “light” con el combo gigante de palomitas.

 

 

Bombay, 2006. Jamal Malik (Dev Patel), un “hijo de la calle”, está a sólo una pregunta de ganar 20 millones de rupias en la versión hindú de “¿Quiere ser millonario?”. La pregunta que nos plantea la última película de Danny Boyle es la siguiente: ¿cómo lo hizo? Como espectadores se nos desafía a que nos decantemos por una de las siguientes opciones:

a) Hizo trampa

b) Tuvo suerte.

c) Es un genio.

d) Está escrito.

“Slumdog Millonaire” es una interesantísima coproducción entre el Reino Unido y la India que cuenta con ingredientes más que suficientes para convertirse en una de las mayores sorpresas de la temporada. Es más, si mis pronósticos son fiables, está llamada a ser la triunfadora absoluta de la próxima ceremonia de entrega de los Oscars, en la que compite en ocho categorías diferentes, incluyendo mejor director, mejor guión adaptado y mejor película.

Para que nos entendamos: no se trata de una cinta modesta, ni en cuanto a concepción ni a presupuesto se refiere, pero a buen seguro despertará las simpatías del espectador aficionado al cine social de corte independiente. Por otra parte es un melodrama perfectamente estructurado, con una narración ágil, atractiva y moderna, que lleva a cabo un retrato razonablemente veraz de una realidad dura y cotidiana; y todo ello sin poner demasiado énfasis en los elementos lacrimógenos ni caer en la denuncia demagógica a lo Winterbottom.

Ahora bien, hace poco mi compañero Javi Camino expresaba su sorpresa ante la película, comparándola en el apartado técnico con la muy superior “Ciudad de Dios” (Fernando Meirelles & Kátia Lund, 2002). No es que pretenda enmendarles la plana ni al amigo Javi ni a Mr. Boyle, pero no he podido evitar acusar un molesto regusto a lo peor de Frank Capra que a punto ha estado de echarme a perder la película. Aún así es una concesión menor que a buen seguro busca limar asperezas de cara a la rentabilidad del producto, incluso a costa de jugar con la baza ganadora de la emotividad del público. Es decir que: a) hace trampa.

Uno de los puntos fuertes de la cinta es su punto exótico, la riqueza de los paisajes y, sobretodo, paisanajes. Porque más allá del acabado estético y de la plasticidad de composiciones y encuadres, lo que acaba de dotar de verdadera vida a la película son los personajes que la pueblan. Salvo el papel del gángster local interpretado por Irrfan Khan, todos los demás están bien definidos y caracterizados; tienen matices y están convincentemente interpretados. Cierto es que se respira una verosimilitud algo forzada (sobretodo cuando entran en juego las coincidencias y el Destino) pero siempre es en servicio de la trama. Por otra parte, el recurso de incluir varios temas musicales de M.I.A. en la banda sonora (especialmente apropiado su “Paper Planes”, del que suenan tanto el original como la excelente remezcla de DFA) puede tildarse de oportuno, pero no de oportunista. Hasta de esto salen bien parados. Luego, b) ¿tienen suerte o son afortunados?

Esto es posible, naturalmente, gracias a las virtudes de un guión ejemplarmente tramado, donde cada pieza encaja con aparente naturalidad y perfección, sin dar pie a demasiadas suspicacias ante algunos de sus retruécanos argumentales; aún a pesar de agarrarse al socorrido deus ex machina de “todo ocurre porque así está escrito”. El tono de la narración recuerda un poco a Zadie Smith, aunque su reflexión sobre la pérdida de identidad y valores de los jóvenes indios en una sociedad capitalizadamente occidental se encuentra en las antípodas de la de los protagonistas de su novela “Dientes blancos”. Así y todo, desde el total desconocimiento de la fuente literaria original (“Q&A” de Vikas Swarup), el trabajo del guionista, Simon Baufoy, me parece digno de elogio, tanto en los pasajes más crudos y desagradables (por ejemplo, la mutilación de menores destinados a la mendicidad) o a las memorables apuntes sobre la picaresca autóctona (el pequeño Jamal haciendo de guía para una confiada pareja estadounidense). O sea que, d) está (muy bien) escrito.

Sin embargo, lo mejor de la función reside en el nervio de la realización de Boyle, que opta por dotar a la cinta de un pulso entre el documental y la ficción post-MTV, globalizadora y ficcionalizadora, acorde con la espíritu de la historia. De todas maneras, sería injusto focalizar los elogios al respecto sobre el británico, en detrimento de la labor de Loveleen Tandan, co-directora de la cinta y responsable en gran parte de la sensación de “realidad” que desprenden los fotogramas de la cinta. Porque me huele a mi que de haber sido filmada a solas por el Sr. Boyle el resultado se hubiese parecido más a una de las pomposas excursiones de Sir Richard Attenborough o acusaría la irritante sensibilidad “new age” de la justamente olvidada “La playa” (Danny Boyle, 2000). Así que desde aquí rompo una lanza a favor de Tandan, reconociéndole algo más que el azucarado (e innecesario) espectáculo bollywoodiense que da cuerpo a los créditos finales.

En conclusión, podría decantarme porque lo que nos ofrece “Slumbdog Millonaire” es c) in-genio. Aunque en sus peores momentos llegue a pecar de “in-genua” al servirse de una cierta coartada de fábula (en el fondo, el mismo cuento de siempre, con ogros crueles, princesas cautivas y botines millonarios) resulta muchísimo más recomendable que el noventa por ciento de este tipo de productos. Eso sí, que no intenten vendernos un concurso televisivo como “una oportunidad de escapar (…) de huir hacia otra vida”, ni jueguen a las alegorías, porque se les viene demasiado grande y acaba por vérseles el cartón.

“Se aceptan aguinaldos”

diciembre 29, 2008

[Aprovecho esta (tardía) actualización para desearos a todos unas felices fiestas y comentaros mi reciente incorporación a la plantilla de colaboradores de la revista “ARTO!”. Sin ir más lejos, en el número de este mes podéis encontrarla primera parte de mi reportaje sobre “las bizarradas del Zine Turko”, cuya introducción reproduzco a continuación. Podéis descargar aquí vuestro ejemplar en formato PDF. Por si no nos leemos antes, feliz año… que falta hace.]

“En vista de que el panorama cinematográfico actual atraviesa un momento especialmente bajo en lo que a originalidad se refiere, recurriendo al injustificable reciclaje de viejas historias mediante la práctica indiscriminada del remake, me ha parecido cuanto menos relevante llamar la atención de los lectores de “Arto!” sobre la ingente producción del llamado “cine de explotación” turco que se puede encontrar en la Red.

En su afán por rentabilizar los éxitos taquilleros de Hollywood en el paupérrimo mercado de Estambul, las producciones turcas abundan en super-héroes bastardos, calcos de ciencia-ficción y facsímiles fantaterroríficos. En cualquier caso son películas malas, malísimas; deficientes en lo técnico y en lo artístico y abocadas al sonrojo, la carcajada y el cachondeo. Rodadas en apenas dos semanas por cuatro duros, resultan sin embargo mucho más divertidas que sus referentes occidentales, siempre y cuando nos acerquemos a ellas con la mente limpia de prejuicios.

En un mundo donde una película de cinco millones de dólares se considera “barata”, es imposible no sentir una simpatía irresistible por un tipo de cine escapista y subterráneo, donde el sentido del espectáculo todavía no se ha visto corrompido por la pirotecnia digital y la prostitución del merchandising. La clase de cine que se declina con la letra Z y que hace oídos sordos a los derechos de propiedad intelectual de las majors y democratiza el entretenimiento con entusiasmo infantil. Un “Zine” pues, en cierta forma, admirable.”