Llegados a este punto parece absurdo negar el atractivo al alza generado por la popularidad de las viejas bandas sonoras del porno. Sin ir más lejos, en los foros de Internet cada vez son más frecuentes las discusiones sobre el tema, reavivando así la polémica sobre su valor real como expresión artística entre las nuevas generaciones de pajeros desocupados con modem. Sólo así puede explicarse la proliferación de un nuevo modelo de geek erotómano que justifica su interés por el porno duro en términos estrictamente musicales.

Sin ir más lejos, el texano John Dial (popularmente conocido como DJ Vanyanovitch) es uno de los más claros exponentes de esta nueva cuadrilla de incondicionales. Desde su página web lleva a cabo su particular cruzada por renovar el prestigio del género, ofreciendo un enciclopédico repaso de su catálogo privado mediante descargas en formato MP3 y dando cobijo a su propia emisora de radio. Podemos encontrar similar es prestaciones al respecto en www.soulstrut.com, una página más centrada en la práctica del sample y la cultura hip-hop y en la que podemos disfrutar de un amplísimo abanico de “porn beats” en comunión con muestreos de funk psicodélico, soul y música disco. En ambos casos los cortes son seleccionados con esmero arqueológico y cuentan con numerosos links para rastrear la huella de temas clásicos que han sido profanados (y viceversa) como acompañamiento musical de algunos éxitos del cine porno.

El sello discográfico de culto Ligth In The Attic lleva tiempo dando muestras de su olfato para reflotar pequeñas obras maestras para sibaritas del sonido retro y vintage. Una de sus más celebradas operaciones en la materia ha sido el rescate de antiguas bandas sonoras del cine porno de los años setenta, descubriendo todo un torrente secreto de infecciosas melodías venéreas, que arrancan gozosos gemidos de placer de los paladares más curtidos en materia de excesos tórridos.

V.V.A.A. – “Deep Throat Anthology, Pts I & II” (Light In The Attic, 2004)

De entre su envidiable catálogo despunta por derecho propio la banda sonora original del clásico por antonomasia del género que nos ocupa, “Garganta profunda” (Gerard Damiano, 1973). Como corresponde a la ocasión, la reedición en vinilo de 180 gramos es prolija en material gráfico, respetando el delicioso artwork original e incluyendo un libreto con lúcidas observaciones del sexólogo William Wackenstein, además de una reproducción del póster original que hará las delicias de cualquier coleccionista de hábitos onanistas. Similares prestaciones erógenas presenta la reedición del “score” de “Garganta profunda 2” (Joseph W. Sarno, 1974), con el añadido de las notas a pie de cama del entrañable Ron Jeremy.

Ambos títulos ofrecen un muestrario completo del prodigio lúbrico conocido como “porn groove” que, amamantándose de los derroteros más procaces de la música negra, elevan la moral con letras escabrosas al servicio de una rítmica sudorosa pero elegante. Con temazos del calibre de “She’s Got To Have It”, “Deeper And Deeper” o el instrumental “Pussy Cola” es tan sólo cuestión de tiempo que alguna lumbrera hollywoodiense de la talla de Quentin Tarantino repare en las prestaciones sonoras del género y lo popularice en alguna de sus películas.

Bernard “Pretty” Purdie – “Lialeh” ( Light In The Attic, 2003 )

De hecho, otra de las referencias del sello, la banda sonora de “Lialeh” (Barron Bercovichy, 1974) no desentonaría en absoluto en el metraje de “Jackie Brown” (Quentin Tarantino, 1997). Se trata de una golosina blaXploitation que deja en pañales a cualquier soundtrack de la época, llevándonos más allá de lo que el mismísimo Shaft se hubiera atrevido nunca. El responsable de semejante bomba sexual no es otro que Bernard “Pretty” Purdie, batería y músico de sesión que puso en clave de sol el “punto G” de la comunidad negra al tiempo que colaboraba con artistas de la talla de Curtis Mayfield, Aretha Franklin, los Rolling Stones o James Brown.

El derroche de testosterona alcanza cotas inimaginables a golpe de “fuck funk” de alto copete y baja cama. El wah-wah incendiario de “All Pink In The Inside” y la incitaciones al lenocinio (al más puro estilo de Marvin Gaye) de la estelar “Touch Me Again” contribuyeron en su momento a subir la temperatura de las butacas. Y lo que es más importante: todavía hoy consiguen hacer que el oyente se corra de gusto. Con perdón.

V.V.A.A. – “Inside Deep Note: Music of 1970s Adult Cinema” ( OST Grammofonpladen, 2003 )

Siguiendo la húmeda brecha abierta por Light In the Attic, los excelentes recopilatorios de la serie “Deep Note” resultan infalibles a la hora educar oídos profanos y familiarizarlos con el excitante sonido clásico del cine porno de los setenta. En los numerosos cortes de cada CD abundan los sucios “riffs” de guitarra, mezclados con excitantes muestras de electrónica trotona a cargo de sintetizadores analógicos y los inevitables arreglos de saxofones sicalípticos.

Sin lugar a dudas “Inside Deep Note: Music of 1970s Adult Cinema” destaca como su entrega más recomendable, ofreciendo al oyente una cuidada selección de las mejores piezas de la época dorada del “cine para adultos”. Al margen del interés fetichista de su cuidada edición (que cuenta con un imprescindible libreto de dieciséis páginas a todo color en formato digipack), su contenido glosa con esmero tan calenturiento legado.

Hostias Como Panes 06 – “¡Ábrete de orejas! (Demo Session)”

[Ya está en los kioscos el primer número de la nueva etapa de la revista tendenciosa “ARTO!”: 64 paginazas a todo tren y en colorines a cambio de 3,80 cochinos euros. Y nada mejor para inaugurar la nueva temporada que un número lleno de turbias instantáneas y textos de esos que se leen con una sola mano. Aquí os dejo (ampliada, por entregas y con la correspondiente “demo session” de regalo) mi aportación a este “Especial Sexo Drogas & Rock’n’roll”: un recorrido por el Porn Groove, el Fuck Funk y el Lounge Sexodélico. Si os gusta, pasad por caja que el soporte impreso sigue siendo mucho más cómodo de llevar al excusado.]

En la actualidad existe un movimiento subcultural alrededor del denominado “porno sound” que lo mismo da cabida a bandas-tributo que reinterpretan grandes clásicos del género, como a recopilatorios de rarezas y compilaciones de aficionados, remixes para las pistas de baile o incluso canales especializados de Internet que ofrecen la más variada programación en streaming las veinticuatro horas del día.

En el cine porno de hoy en día es de lo más habitual toparse con raperos y rockeros, tanto delante como detrás de las cámaras. Por norma general los músicos que prestan sus servicios al pornográfico suelen adoptar una cierta pose de distanciamiento y condescendencia de cara al público, utilizando el medio como una forma fácil de ganar dinero rápido y dar salida a sus sueños húmedos de “rock-star” en decadencia. Excepcionalmente podemos encontrarnos con auténticos artistas que se esfuerzan por ofrecer a la audiencia partituras lo suficientemente inteligentes y creativas como para estimular nuestros sentidos más allá de la entrepierna. Un funesto fenómeno, por otra parte, cada vez más extrapolable a las demás parcelas artísticas.

Sin embargo, durante los años setenta y primeros ochenta, los pornógrafos del cine independiente norteamericano aplicaron sus conocimientos en materia de bandas sonoras para aportar a sus películas un background musical seductor y cautivador, combinando la sofisticación del jazz, las prestaciones vocales del soul y la pegada rítmica del funk con el exotismo del lounge y la calidez de ciertos ritmos latinos como la bossa o la salsa.

Curiosamente en los cines, teatros y galerías de arte de la bahía de San Francisco se mantiene desde hace años un circuito de actuaciones en vivo en el que una formación de músicos profesionales versionan en directo antiguas bandas sonoras de porno. Bajo la apropiada nomenclatura de PornOrchestra, realizan sus performances con el acompañamiento de proyecciones de clásicos del cine X, en un esfuerzo por llevar a cabo una “reinterpretación radical de las sonoridades pornográficas”. Como ellos mismos anuncian a través de su página web, la peculiar puesta en escena de sus actuaciones podría definirse como el equivalente a “una banda circense con el ojo fijo en los artistas del trapecio”. Del mismo modo, concluyen que se trata de “un género complicado que ha sido menospreciado pública y sistemáticamente, tanto por la usura de los propios productores como por la desidia de los propios consumidores”. Un problema que acarrea desde el auge de la industria videográfica en los años ochenta y que ha terminado de agravarse en nuestros días con la hegemonía del “gonzo” y la práctica “amateur”. Por ello no es de extrañar que la mayoría de espectadores recurran instintivamente a bajar el volumen de sus equipos una vez han pulsado el “play”.

Ahora bien, el creciente reconocimiento que este tipo de música está experimentando por cierto sector de la crítica más heterodoxa y underground, obedece a un más que evidente sentimiento de complicidad y nostalgia. Aunque el encanto de las melodías naif y los arreglos cheesy resulta innegable, se echa de menos una visión más objetiva del fenómeno musical de las bandas sonoras pornográficas. Una percepción más especializada y rigurosa que nos ayude a separar –nunca mejor dicho- el grano de la paja.



“Flores raras”

marzo 20, 2009

Para empezar, os pido disculpas. Últimamente he estado demasiado ocupado como para actualizar el blog debido a una larga serie de compromisos personales, proyectos pendientes, responsabilidades laborales e ineludibles fechas de entrega. Es por eso que en esta ocasión, para compensaros por la espera, me he animado a echar mano de una nueva colección de pequeñas joyas extraídas de los excelentes recopilatorios de la serie Dirty Diamonds.

V.A. – “Dirty Diamonds Vol. I” ( Diamond Traxx, 2003 )

(pass: simplygoodmusic)

V.A. – “Dirty Diamonds Vol. II” ( Diamond Traxx, 2004 )

V.A. – “Dirty Diamonds Vol. III” ( Diamond Traxx, 2004 )

Pt.I / Pt.II

(pass: simplygoodmusic)

A lo largo de estos tres volúmenes de difícil adquisición (aunque fácilmente localizables en la Red, como podéis comprobar), el amigo Pilooski y sus compinches han ido recopilando un buen puñado de rarezas que sirven para rastrear sus influencias a la hora de casar las melodías de ecos franceses, el pop psicodélico y el kraut-pop saltarín con la electrónica de baile más elegante y arriesgada.

Ya de paso me he permitido seleccionar para vosotros una muestra del estupendo material que podéis encontrar en cada uno de ellos. Casi media hora de música en la que me he apropiado de algunos de mis favoritos de cuantos pueblan la suculenta lista de nombres de sus respectivos tracklists: Harry Nilsson, Claudine Longet, Margo Guryan, Simon Dupree & The Big Sound, Flash And The Pan, The Earlies, Caribou, Brooks…

Espero que os guste y que os ayude a sobrellevar un poco mejor la astenia pre-primaveral. Con eso me conformo.

Hostias Como Panes 05 – “Flores Raras (Demo Session)”

“Tocado y hundido”

febrero 18, 2009

Malas noticias, micos. De las peores. Touch & Go, buque insignia de la independencia musical norteamericana desde hace treinta años, se ve obligada a echar el cierre. En sus filas han militado grupos tan imprescindibles para nuestra formación como oyentes como Big Black, Shellac o Slint. Han acogido en su seno a bandas tan emblemáticas como Butthole Surfers, The Jesus Lizard, Mekons o Dirty Three y han dado cabida a un buen puñado de sellos tan carismáticos como Kill Rock Stars, 5 Rue Christine, Jade Tree, Merge, Drag City y tantos otros que han contribuido, en gran medida, a preservar el legado del rock adulto y la música arriesgada desde la independencia (repito) más valiente y militante.

Es decir, que a título personal se me ocurren muy pocas discográficas  (Dischord es una de ellas) que puedan hacerles sombra en fondo y forma. Por eso, y por la enorme deuda contraída con sus responsables a lo largo de tantos años como consumidor y aficionado, me duele en alma ver cómo se viene a pique. Un dolor que se agudiza aún más al leer el sentido, honesto y desolador mensaje de despedida que comienza a circular ya por internet y en el que se nos informa de que “la compañía, tal y como la conocemos, deja de existir” y que los sellos que distribuían hasta el momento “están en proceso de búsqueda de nuevos hogares, lo mismo que nuestras bandas en activo”.

Leyendo el texto completo se le saltan a uno las lágrimas. Touch & Go se despide haciendo gala del compromiso y lealtad insobornable que ha caracterizado su intachable andadura a lo largo de tres décadas en la que no sólo han conseguido hacernos un poco más felices si no que, de paso, han contribuido a hacer de nosotros mejores personas.

Echadle si queréis la culpa a la crisis del sector o a las descargas masivas de archivos, pero sólo os estaréis quedando en la superficie de las cosas. El futuro pinta negro, muy negro. Y pronto será tarde para llevarse las manos a la cabeza. Indignación no; lo siguiente.

Desde hoy podéis empezar a llorar la pérdida.

Algunos nombres que han hecho GIGANTE a Touch & Go son (o han sido)  !!!, Bedhead, Big Black, The Black Heart Procession, Blonde Redhead, Brainiac, Calexico, Chrome, CocorRosie, Crystal Antlers, The Delta 72, Die Kreuzen, Dirty Three, Don Caballero, Enon, The Ex, Girls Against Boys, The Jesus Lizards, Juner of 44, Killdozer, Ted Leo & The Pharmacists, Man Or Astroman?, Mekons, Mi Ami, Mule, Negative Approach, The New Year, Pinback, Polvo, Quasi, Tara Jane O’Neil, Rodan, Henry Rollins, Scratch Acid, Seam, Shellac, Shipping News, Slint, TV On The Radio, Uzeda, Yeah Yeah Yeahs…


“¡Mira, mamá: soy raro!”

noviembre 20, 2008

Conocí a Paco Alcázar en A Coruña durante las Navidades de 2005, cuando todavía ejercía de apoderado de unos bisoños Triángulo de Amor Bizarro. Gracias al bueno del Sr. Anido, conseguimos el contacto de una banda madrileña llamada Humbert Humbert que acababa de autoeditar un cedé que regalaban con un ejemplar de su propio fanzine, “Recto”. Aprovechando el lapso vacacional, nos propusieron organizar un par de bolos conjuntos en Galicia. Ni que decir tiene que nos prestamos gustosos, teniendo en cuenta lo mucho que admirábamos a Paco y Miguel (B. Núñez) en su faceta tebeística.

Para mi sorpresa, ambos resultaron ser encantadores, abstemios y “normales”, en contra de la idea preconcebida que me había hecho de ellos en base a su retorcida obra impresa. Pero mientras que Miguel resultaba un conversador extrovertido y jovial, Paco aparentaba una timidez crónica, inquietante y silenciosa. Enseguida me percaté de que su actitud obedecía a la famosa afonía que castigaba su maltratada laringe después de cada concierto. Lo que nunca conseguiré discernir es de dónde saca nuestro Paco la fuerza necesaria para exorcitar sus demonios sobre el papel de manera tan absolutamente genial y divertida.

Para muestra este botón, “El manual de mi mente” (Reservoir Books / Mondadori, 2008), que recoge algunos de los momentos más turbios, apocalípticos y alucinantes de su trayectoria comiquera y nos ofrece algún que otro inédito escalofriantemente divertido. Y aunque a la hora de intentar acotar su peculiar universo gráfico y conceptual, resulte inevitable mencionar a Daniel Clowes y Charles Burns (eso sí eres de los que pasa por alto la influencia de Blanquet en la evolución de su trazo) resulta más que evidente que semejantes referentes no le restan personalidad al conjunto. Es más, contribuyen a consolidar la leyenda de Paco como una de las “raras avis” más absolutamente imprescindibles del panorama actual en nuestro país, junto al propio Miguel B. Núñez y Miguel Brieva o los foráneos Olaf Ladousse y Darío Adanti.

Personalmente hecho de menos algo más de material antiguo, como aquellas enfermizas tiras de “¡Escarba, escarba!” que en su momento publicó en “Zineshock”, el fanzine de Jaume Balagueró. Y aunque agradezco la generosa recuperación de “Todo está perdido” (cuya perversa lucidez primigenia sigue vigente hoy en día) me pregunto porqué se obvia la desternillante y oscurísima gamberrada de “Porque te gusta”, una de mis obras favoritas del corpus alcazariano. Supongo que las ausencias se deben a lo de siempre (disponibilidad de derechos de publicación, razones de extensión, etc…) y, desde luego, no restan brillo a una colección de puro lujo y edición intachable. 

Ha llovido lo suyo desde nuestro primer encuentro: con Humbert Humbert actualmente separados (tras un par de álbumes y un oportunista recopilatorio en Subterfuge) y los TAB a las puertas de su segundo larga duración para Mushroom Pillow, la publicación de “Manual de mi mente” puede interpretarse desde la perspectiva actual como un punto y aparte en la trayectoria artística de Paco. Lo mismo me equivoco, pero me da la impresión de que lo que vendrá a continuación puede ser todavía más depurado y oscuro. Por lo menos, mientras sigan guiando su mano las extrañas voces que parecen salir del interior de su cabeza…

Acabo de leer el último número de “Arto!” y todavía no salgo de mi estupor. Dedicar un especial de la autoproclamada “revista musical tendenciosa” madrileña al fenómeno “grunge” en pleno 2008 puede interpretarse -y hasta justificarse- como un ejercicio nostálgico por parte de sus máximos responsables, Jorge y Astur. Pero lo que uno no puede aceptar es que a estas alturas todavía haya quien utilice los guiños al pasado como una excusa -ya sea esta bienintencionada o no- para perpetuar una serie de tópicos que, de puro rancios, deberían haber sido superados por el paso del tiempo y el sentido común. Dicen que la edad lo cura todo, pero está claro que el cariño y la distancia distorsionan la realidad hasta puntos sonrojantes.

Para empezar, vayamos a lo obvio. A día de hoy, la relevancia de un grupo como Nirvana hay que buscarla en ámbitos puramente extramusicales. No nos engañemos: su mezcla de vitriolo punk-rockero, hard-rock de pueblo y power-pop de “high school” no es que descubriese la pólvora precisamente. Así pues, su repercusión debe medirse en base a lo que supuso su irrupción en el mercado discográfico de la época y que (salvando las distancias) encontraría su referente más directo en la revolución del punk británico del 77, al conseguir desbancar de los primeros puestos de la “efe eme” a anacronismos de la talla de Dire Straits. Y es que si por algo debemos defender el legado de Cobain, Novoselic y Grohl es precisamente por haber sido quienes de romper con sus coetáneos y abrir paso a una nueva concepción de “mainstream” en la que tuvieron cabida bandas como Sonic Youth, Pixies, Dinosaur Jr. o Pavement; algo impensable en una época dominada por los Sting, Phil Collins, Elton John o Billy Joel de turno.

nirvana22

Ahora bien, en 1992 un servidor contaba con apenas 13 años y permanecía completamente ajeno a la explosión del “grunge”. Como todo chaval de provincias, mis referentes musicales se limitaban a la colección de vinilos de casa de mis padres, a los primeros recopilatorios en cedé de los clásicos del rock de los sesenta y setenta y a la hegemonía de las bandas de garaje ratonero y jevi de garrafón que proliferaban en el noroeste peninsular. Mi criterio musical era, por lo tanto, el de cualquier chaval de la época, condicionado por una coyuntura determinada e ignorante por total falta de conocimiento.

Todavía me estremezco al recordar mi primera visita a una emblemática tienda de discos de mi ciudad donde, a cambio de doscientas pesetas, te grababan en una cinta TDK de 90″ los grandes éxitos del momento. Gracias a ello, con el paso del tiempo conseguí atesorar una pintoresca colección de cassettes en la que cohabitaban sin rigor alguno AC/DC y Aerosmith con Deff Leppard y Metallica; Guns & Roses y Héroes del Silencio con Def Con Dos y Negu Gorriak; Public Enemy y Run DMC con Bad Religion y Green Day; Offspring y Pennywise con Slayer y Sepultura; R.E.M. y Rage Against The Machine con Blind Melon y Pearl Jam; Terrorvision y Faith No More con Beck o Suicidal Tendencies.

Pues bien, cada vez que paso una temporada en casa de mis padres, me sorprendo a mi mismo revisando las viejas cajas de zapatillas deportivas en las que estos viejos recopilatorios duermen el sueño de los justos. Entre semejante maraña de bochornosos recuerdos, todavía me topo con ocasionales tesoros de adolescencia que me recuerdan la emoción de descubrir por vez primera a Melvins, The Jesus Lizard, Hüsker Dü, Rites of Spring, Fugazi, Sugar, Unsane… Aunque he de ser sincero y reconocer que el cómputo general de mis gustos musicales en aquella época resultaban más bien lamentables.

Pero volvamos al tema y asumamos que lo verdaderamente triste del asunto no radica en la iniciativa de “Arto!” por exhumar el cadáver del “grunge”, si no por el hecho de que (salvando honrosas excepciones) la mayor parte de los involucrados se decantan por dar una visión de los hechos que escapa del necesario ejercicio de autocrítica y pinta una realidad idealizada y falsa, similar a la que aporta la serie “Cuéntame” a la hora de abordar la Transición y los primeros años de democracia española.

Hay pocas cosas que me resulten tan tristes como ver a grupos jóvenes reivindicando a bandas anticuadas, tanto en sonido y concepto como en estética. Por poner un ejemplo, se me comen los demonios al ver a una banda de tributo de los Who, Led Zeppelin o Pink Floyd. Al margen de gustos personales, considero que en música -al igual que en el resto de disciplinas artísticas- resulta imprescindible conocer el pasado para construir el presente, porque sólo así se puede apuntalar un futuro mínimamente sólido y coherente. Pero que los chavales reivindiquen como propia la música de sus padres (y abuelos) me parece una abominación que va contra la propia naturaleza de la adolescencia. Y si a estas alturas nuestra generación comienza a mostrar semejante condescendencia y conservadurismo (del tipo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”), les estaremos haciendo un flaco favor a los que vendrán después. Pero sobretodo, a nosotros mismos.