“Tocado y hundido”

febrero 18, 2009

Malas noticias, micos. De las peores. Touch & Go, buque insignia de la independencia musical norteamericana desde hace treinta años, se ve obligada a echar el cierre. En sus filas han militado grupos tan imprescindibles para nuestra formación como oyentes como Big Black, Shellac o Slint. Han acogido en su seno a bandas tan emblemáticas como Butthole Surfers, The Jesus Lizard, Mekons o Dirty Three y han dado cabida a un buen puñado de sellos tan carismáticos como Kill Rock Stars, 5 Rue Christine, Jade Tree, Merge, Drag City y tantos otros que han contribuido, en gran medida, a preservar el legado del rock adulto y la música arriesgada desde la independencia (repito) más valiente y militante.

Es decir, que a título personal se me ocurren muy pocas discográficas  (Dischord es una de ellas) que puedan hacerles sombra en fondo y forma. Por eso, y por la enorme deuda contraída con sus responsables a lo largo de tantos años como consumidor y aficionado, me duele en alma ver cómo se viene a pique. Un dolor que se agudiza aún más al leer el sentido, honesto y desolador mensaje de despedida que comienza a circular ya por internet y en el que se nos informa de que “la compañía, tal y como la conocemos, deja de existir” y que los sellos que distribuían hasta el momento “están en proceso de búsqueda de nuevos hogares, lo mismo que nuestras bandas en activo”.

Leyendo el texto completo se le saltan a uno las lágrimas. Touch & Go se despide haciendo gala del compromiso y lealtad insobornable que ha caracterizado su intachable andadura a lo largo de tres décadas en la que no sólo han conseguido hacernos un poco más felices si no que, de paso, han contribuido a hacer de nosotros mejores personas.

Echadle si queréis la culpa a la crisis del sector o a las descargas masivas de archivos, pero sólo os estaréis quedando en la superficie de las cosas. El futuro pinta negro, muy negro. Y pronto será tarde para llevarse las manos a la cabeza. Indignación no; lo siguiente.

Desde hoy podéis empezar a llorar la pérdida.

Algunos nombres que han hecho GIGANTE a Touch & Go son (o han sido)  !!!, Bedhead, Big Black, The Black Heart Procession, Blonde Redhead, Brainiac, Calexico, Chrome, CocorRosie, Crystal Antlers, The Delta 72, Die Kreuzen, Dirty Three, Don Caballero, Enon, The Ex, Girls Against Boys, The Jesus Lizards, Juner of 44, Killdozer, Ted Leo & The Pharmacists, Man Or Astroman?, Mekons, Mi Ami, Mule, Negative Approach, The New Year, Pinback, Polvo, Quasi, Tara Jane O’Neil, Rodan, Henry Rollins, Scratch Acid, Seam, Shellac, Shipping News, Slint, TV On The Radio, Uzeda, Yeah Yeah Yeahs…


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Es un hecho que el “Nuevo Cine Coreano” está de moda y en plena forma. En los últimos años hemos tenido oportunidad de apreciar el indudable talento de algunos de sus más jóvenes y prometedores artífices, gracias a títulos tan representativos y admirables como “Oldboy” (Park Chan-Wook, 2003) o “The Host” (Bong Joon-Ho, 2006). Tras la deslumbrante irrupción a nivel internacional de la “trilogía de la venganza” de Park Chan-Wook y la consagración definitiva de Kim Ki-Duk con su estupenda “Hierro 3”, todo hacía augurar un cierto aperturismo de nuestras carteleras hacia los excitantes productos importados desde Seúl.

Pero a pesar del reconocimiento masivo del que gozan últimamente las cinematografías orientales, tanto en festivales y medios especializados, las distribuidoras todavía se muestran algo reacias a darles un una salida comercial digamos “normalizada” de cara al espectador español. Personalmente se me escapan las razones que llevaron a retrasar hasta dos años (¡!) el estreno de un título tan esperado por los aficionados como “I’m A Cyborg But That’s Ok” (Park Chan-Wook, 2006) y que permite a los exhibidores nacionales eludir la responsabilidad de difundir pequeñas y maravillosas anomalías como “The Quiet Family” ( Kim Ji-Woon, 1998 ) o “Save the Green Planet!” (Joon-Hwan Jang, 2003),  inexcusablemente todavía inéditas en nuestras pantallas.

Todo esto viene a cuento del anuncio del inminente estreno español de “The Good, The Bad and The Weird” ( 2008 ) la última película de Kim Jee-Won -director así mismo de las celebradas “Dos hermanas” (2003) y “A Bittersweet Life”(2005)- y que llegará a los cines con casi un año de retraso. Dice el refranero que “nunca es tarde si la dicha es buena”, pero cuando finalmente veáis la película seguro que compartiréis conmigo el berrinche.

Anunciado como un remake libérrimo de “El Bueno, el Feo y el Malo” (Sergio Leone, 1966), de lo que realmente se trata es de un espectacular ejercicio de estilo, que homenajea el “spaghetti-western” y reivindica con orgullo el espíritu de aquel lejano “cine de entretenimiento” en formato panorámico. Jee-Won retoma la senda lúdica y desmitificadora emprendida por Takashi Miike con su gozosa y excesiva revisitación del sangriento ciclo de Sergio Corbucci, Sukiyaki Western Django” (2007). El resultado es una explosión de dinamismo hedonista como hacía tiempo que no se veía en una pantalla de cine; el tipo de película ideal para reflotar el niño que llevamos dentro y dejarse llevar por la verdadera magia escapista del mejor cine palomitero.

Enérgica, pletórica y rimbombante, “The Good, the Bad and the Weird” nos ofrece un verdadero festín de dos horas llenas de imágenes impagables, acción a raudales y alardes técnicos realmente abracadabrantes. Es dinámica, divertida e ingeniosa y cuenta con un elenco protagonista verdaderamente carismático y talentoso, con Lee Byung Hun (A Bittersweet Life”) en el papel de “El Malo”, Jung Woo Sung (The Restless”) como “El Bueno” y Song Kang Ho (“The Host”) bordando el personaje de “El Raro”. ¿Qué más se puede pedir?

La historia discurre a partir de la anécdota argumental de un codiciado “mapa del tesoro” que desemboca en todo un torrente de situaciones disparatadas y emocionantes, tal y como debería ocurrir en los relatos de aventuras que realmente se precien de serlo. Aún así habrá quien tache la cinta de intrascendente, pirotécnica y vacía. A buen seguro serán los mismos que en su momento pusieron en tela de juicio al Tarantino de “Kill Bill” (2003 – 2004) o defenestraron la última entrega de Indiana Jones. Es decir: los mismos amargados de siempre, que prefieren hundirse en el plúmbeo ejercicio acomodaticio del “My Blueberry Nights” del narcisista Wong Kar-Wai, antes que dejar volar su imaginación en una sala oscura. Os estoy hablando de aquellos que no saben apreciar en su justa medida el saludable ejercicio de la evasión cinematográfica… y piden un refresco “light” con el combo gigante de palomitas.

 

 

Supone un enorme esfuerzo no incurrir en “spoilers” a la hora de abordar el vibrante comienzo de la quinta temporada de “Lost”. Aún así intentaré ahorrarme los detalles en consideración a los más rezagados, por aquello de no estropearles las numerosas sorpresas que encierra el estupendo doble episodio inaugural. Permitidme, eso sí, hacer hincapié en un par de puntos dignos de consideración.

La expectación suscitada por la cuarta temporada se ve amplificada por el nuevo (y confuso) horizonte de posibilidades espacio-temporales que comienzan a perfilarse como las verdaderas protagonistas de lo que nos queda de temporada. Abrams y los suyos han dado un nuevo golpe de efecto a la serie, inhabilitando la estructura de “flash-backs” y “fast-forwards” en un más difícil todavía y que prefigura el futuro rumbo de la serie hacia cauces abiertamente sci-fi.

Esto quiere decir que, a pesar de los pobres resultados de audiencia de la premier en EEUU, el nivel de los guiones y el interés de las tramas siguen en aumento. La Isla vuelve a cobrar un papel enigmático y sobrenatural y los acontecimientos se suceden a un ritmo de vértigo a medida que se va acercando cada vez más el final de la serie.

Preparaos para someteros a una intensísima terapia de choque a base de continuos cambios temporales que nos “reencuentran” con las anteriores temporadas de la serie; el regreso (¿al pasado?) de los miembros de la supremacía Dharma a los que Ben había dado “boleto” y el agradecido nuevo protagonismo de Faraday.

Así que abrochaos el cinturón y disfrutad del viaje: se presenta movidito.

Bombay, 2006. Jamal Malik (Dev Patel), un “hijo de la calle”, está a sólo una pregunta de ganar 20 millones de rupias en la versión hindú de “¿Quiere ser millonario?”. La pregunta que nos plantea la última película de Danny Boyle es la siguiente: ¿cómo lo hizo? Como espectadores se nos desafía a que nos decantemos por una de las siguientes opciones:

a) Hizo trampa

b) Tuvo suerte.

c) Es un genio.

d) Está escrito.

“Slumdog Millonaire” es una interesantísima coproducción entre el Reino Unido y la India que cuenta con ingredientes más que suficientes para convertirse en una de las mayores sorpresas de la temporada. Es más, si mis pronósticos son fiables, está llamada a ser la triunfadora absoluta de la próxima ceremonia de entrega de los Oscars, en la que compite en ocho categorías diferentes, incluyendo mejor director, mejor guión adaptado y mejor película.

Para que nos entendamos: no se trata de una cinta modesta, ni en cuanto a concepción ni a presupuesto se refiere, pero a buen seguro despertará las simpatías del espectador aficionado al cine social de corte independiente. Por otra parte es un melodrama perfectamente estructurado, con una narración ágil, atractiva y moderna, que lleva a cabo un retrato razonablemente veraz de una realidad dura y cotidiana; y todo ello sin poner demasiado énfasis en los elementos lacrimógenos ni caer en la denuncia demagógica a lo Winterbottom.

Ahora bien, hace poco mi compañero Javi Camino expresaba su sorpresa ante la película, comparándola en el apartado técnico con la muy superior “Ciudad de Dios” (Fernando Meirelles & Kátia Lund, 2002). No es que pretenda enmendarles la plana ni al amigo Javi ni a Mr. Boyle, pero no he podido evitar acusar un molesto regusto a lo peor de Frank Capra que a punto ha estado de echarme a perder la película. Aún así es una concesión menor que a buen seguro busca limar asperezas de cara a la rentabilidad del producto, incluso a costa de jugar con la baza ganadora de la emotividad del público. Es decir que: a) hace trampa.

Uno de los puntos fuertes de la cinta es su punto exótico, la riqueza de los paisajes y, sobretodo, paisanajes. Porque más allá del acabado estético y de la plasticidad de composiciones y encuadres, lo que acaba de dotar de verdadera vida a la película son los personajes que la pueblan. Salvo el papel del gángster local interpretado por Irrfan Khan, todos los demás están bien definidos y caracterizados; tienen matices y están convincentemente interpretados. Cierto es que se respira una verosimilitud algo forzada (sobretodo cuando entran en juego las coincidencias y el Destino) pero siempre es en servicio de la trama. Por otra parte, el recurso de incluir varios temas musicales de M.I.A. en la banda sonora (especialmente apropiado su “Paper Planes”, del que suenan tanto el original como la excelente remezcla de DFA) puede tildarse de oportuno, pero no de oportunista. Hasta de esto salen bien parados. Luego, b) ¿tienen suerte o son afortunados?

Esto es posible, naturalmente, gracias a las virtudes de un guión ejemplarmente tramado, donde cada pieza encaja con aparente naturalidad y perfección, sin dar pie a demasiadas suspicacias ante algunos de sus retruécanos argumentales; aún a pesar de agarrarse al socorrido deus ex machina de “todo ocurre porque así está escrito”. El tono de la narración recuerda un poco a Zadie Smith, aunque su reflexión sobre la pérdida de identidad y valores de los jóvenes indios en una sociedad capitalizadamente occidental se encuentra en las antípodas de la de los protagonistas de su novela “Dientes blancos”. Así y todo, desde el total desconocimiento de la fuente literaria original (“Q&A” de Vikas Swarup), el trabajo del guionista, Simon Baufoy, me parece digno de elogio, tanto en los pasajes más crudos y desagradables (por ejemplo, la mutilación de menores destinados a la mendicidad) o a las memorables apuntes sobre la picaresca autóctona (el pequeño Jamal haciendo de guía para una confiada pareja estadounidense). O sea que, d) está (muy bien) escrito.

Sin embargo, lo mejor de la función reside en el nervio de la realización de Boyle, que opta por dotar a la cinta de un pulso entre el documental y la ficción post-MTV, globalizadora y ficcionalizadora, acorde con la espíritu de la historia. De todas maneras, sería injusto focalizar los elogios al respecto sobre el británico, en detrimento de la labor de Loveleen Tandan, co-directora de la cinta y responsable en gran parte de la sensación de “realidad” que desprenden los fotogramas de la cinta. Porque me huele a mi que de haber sido filmada a solas por el Sr. Boyle el resultado se hubiese parecido más a una de las pomposas excursiones de Sir Richard Attenborough o acusaría la irritante sensibilidad “new age” de la justamente olvidada “La playa” (Danny Boyle, 2000). Así que desde aquí rompo una lanza a favor de Tandan, reconociéndole algo más que el azucarado (e innecesario) espectáculo bollywoodiense que da cuerpo a los créditos finales.

En conclusión, podría decantarme porque lo que nos ofrece “Slumbdog Millonaire” es c) in-genio. Aunque en sus peores momentos llegue a pecar de “in-genua” al servirse de una cierta coartada de fábula (en el fondo, el mismo cuento de siempre, con ogros crueles, princesas cautivas y botines millonarios) resulta muchísimo más recomendable que el noventa por ciento de este tipo de productos. Eso sí, que no intenten vendernos un concurso televisivo como “una oportunidad de escapar (…) de huir hacia otra vida”, ni jueguen a las alegorías, porque se les viene demasiado grande y acaba por vérseles el cartón.

Animal Collective – “Merriweather Post Pavillion” ( Domino, 2008 )

Con las inevitables listas de “lo mejor del año” todavía humeantes, un servidor ya anda a vueltas con el que sin duda será el mejor álbum de 2009. Porque a pesar de que acabamos de descorchar la temporada, muy buena tendría que resultar la añada musical para que alguien (o algo) le haga sombra a este “Merriweather Post Pavillion” (Domino, 2008). De entrada, permitidme una concesión: da igual lo deslumbrante que os pueda haber parecido “Strawberry Jam”, porque lo último de Avey Tare, Panda Bear y Deakin (las aportaciones de The Geologist parecen haberse reservado para otra ocasión) pasará a los anales como una de esas obras que le dan sentido a la música del siglo XXI.

Siguiendo con el arrebato visionario, me atrevo a señalar que no solo se trata de su mejor trabajo hasta la fecha sino que supone una verdadera cumbre en su trayectoria, hasta ahora siempre ascendente. Aquellos incrédulos que interpretéis este encendido alegato al mero hecho de que -una vez más- me he dejado llevar por el entusiasmo, será porque todavía no habréis tenido ocasión de disfrutar de esta OBRA MAESTRA en la que los pilares rítmicos del techno vía Detroit y las texturas sonoras del minimal ambient estrechan sus lazos con la psicodelia pop del Brian Wilson más entonado.

Digámoslo alto y digámoslo ya: Portner, Lennox y Dibbs son lo mejor que le ha pasado a la música popular en los últimos tres lustros. Para corroborarlo, basta con que os sumerjáis en “In the Flowers” y os dejéis mecer por la marea expansiva hasta llegar al maravilloso clímax de ecos subacuáticos. Con que os detengáis a admirar la melancólica perla de pop estratosférico titulada “My Girls”, donde la presencia de Panda Bear se deja notar especialmente a través de las pertinentes citas a Phil Spector y los Beach Boys. Con que os entreguéis a la lisérgia de “Also Frightened” que parece abandonar por unos instantes el espíritu del “Pet Sounds” (Capitol, 1966) para abrazar el legado del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” (Parlophone / EMI, 1967).

Todo ello para desembocar en “Summer Clothes”, una genialidad absoluta que arranca con una de las overturas más apasionantes y preciosistas que se recuerdan y que termina dando cancha a la pista de baile tras un tour de force sólo comparable a sus predecesoras directas, “Peacebone” y “Fireworks #1”. O sea, gloria bendita.

El resto del disco abunda en piezas ejemplares, como la estremecedora y delicada “Bluish”, con la que renuevan gozosamente los votos wilsonianos; las pinceladas dub de herencia industrial de la apabullante “Taste” o el hedonismo contagioso de los ritmos polimórficos de su espectacular cierre, “Brothersport”, un derroche de melodías perfectas, festivas e hipnóticas.

Sin duda alguna, “Merrinweather Post Pavillion” está destinado a ejercer como piedra de toque en la historia de Es, desde hoy mismo, un álbum influyente y decisivo para entender y trascender la música de nuestro tiempo. El tiempo me dará o quitará la razón al respecto, pero vaticino que este disco perdurará en nuestras mentes y ensanchará nuestros corazones… por muchos años.

“Se aceptan aguinaldos”

diciembre 29, 2008

[Aprovecho esta (tardía) actualización para desearos a todos unas felices fiestas y comentaros mi reciente incorporación a la plantilla de colaboradores de la revista “ARTO!”. Sin ir más lejos, en el número de este mes podéis encontrarla primera parte de mi reportaje sobre “las bizarradas del Zine Turko”, cuya introducción reproduzco a continuación. Podéis descargar aquí vuestro ejemplar en formato PDF. Por si no nos leemos antes, feliz año… que falta hace.]

“En vista de que el panorama cinematográfico actual atraviesa un momento especialmente bajo en lo que a originalidad se refiere, recurriendo al injustificable reciclaje de viejas historias mediante la práctica indiscriminada del remake, me ha parecido cuanto menos relevante llamar la atención de los lectores de “Arto!” sobre la ingente producción del llamado “cine de explotación” turco que se puede encontrar en la Red.

En su afán por rentabilizar los éxitos taquilleros de Hollywood en el paupérrimo mercado de Estambul, las producciones turcas abundan en super-héroes bastardos, calcos de ciencia-ficción y facsímiles fantaterroríficos. En cualquier caso son películas malas, malísimas; deficientes en lo técnico y en lo artístico y abocadas al sonrojo, la carcajada y el cachondeo. Rodadas en apenas dos semanas por cuatro duros, resultan sin embargo mucho más divertidas que sus referentes occidentales, siempre y cuando nos acerquemos a ellas con la mente limpia de prejuicios.

En un mundo donde una película de cinco millones de dólares se considera “barata”, es imposible no sentir una simpatía irresistible por un tipo de cine escapista y subterráneo, donde el sentido del espectáculo todavía no se ha visto corrompido por la pirotecnia digital y la prostitución del merchandising. La clase de cine que se declina con la letra Z y que hace oídos sordos a los derechos de propiedad intelectual de las majors y democratiza el entretenimiento con entusiasmo infantil. Un “Zine” pues, en cierta forma, admirable.”

Conocí a Óscar Vilariño y Rafael Mallo en A Coruña, durante el verano de 2004, cuando todavía ejercía como “apoderado” de Triángulo de Amor Bizarro. Por aquel entonces Óscar y Rafa aún militaban en Triquinoise, una banda de “post-rock noise” que fue mutando en un proyecto -a día de hoy tristemente desaparecido- llamado Devalo. Junto a Raúl García (Esther Williams) y Miguel Prado (durante un tiempo miembro también de T.A.B. y actualmente volcado en asuntos más experimentales), compartieron local y escenarios con los bizarros.

Con el paso del tiempo, Óscar y Rafa decidieron centrar sus esfuerzos en Vale Tudo, una válvula de escape a su pasión por las atmósferas melancólicas, la tensión sútil del “slow-core” y la música de raíces americanas. Ha llovido lo suyo desde que tuve ocasión de presenciar uno de sus primeros conciertos. Desde entonces la voz de Óscar ha ganado en seguridad susurrante y el pulso de Rafa a la batería ha adquirido nuevos matices. Se puede decir que han evolucionado, dando forma a sus canciones con la calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo por delante. Sin prisa, pero sin pausa, han tomado por la senda de bandas hermanas como AA Tigre y La Jr., acomodándose a un registro cada vez más minimalista, estremecedor y atmosférico.

Vale Tudo – “S/T” ( Vale Tudo, 2008 )

Hay quien dirá que su música resulta excesivamente árida y que sus textos pecan de depresivos. Puede que tengan su parte de razón, aunque a mi no me lo parezca en absoluto. Lo que yo veo en su maqueta es un trabajo maduro (tanto que asusta pensar en la juventud de sus responsables), casi artesanal. Un verdadero alarde de economía expresiva ajeno a las modas y a las tendencias, que no deja respiro en su escueto minutaje, ni permite concesión alguna de cara a la galería. Después de escuchar “Impronta”, “La maleza”, “Dos piedras”, “Casino” y “Agua grande”, a uno se le viene a la cabeza que existe una cierta pesadumbre atlántica que casaría bien con el crepúsculo de Arizona. Y que hay gente por ahí que nunca sabrá de lo que está hablando porque, antes de nada, de lo que se trata es de sentarse a escuchar. Y guardar silencio.

[POSTDATA: Podéis haceros con vuestra copia de su mini-CD autoeditado en Yar Mat (Praza de Campo Castelo – Lugo); en Discos Nonis (Pérez Cepeda – A Coruña) y Discos Portobello (Rúa Ciega – A Coruña); en Honky Tonk Discos (Rúa Falperra – Lugo); en Librería Paradiso (Calle de La Merced – Gijón); Cómics eleKtra (León) y en CD Drome (Calle Pozas, 6 – Madrid). O bien pidiéndolo a tudovale@gmail.com.]