Hostias Como Panes 06 – “¡Ábrete de orejas! (Demo Session)”

[Ya está en los kioscos el primer número de la nueva etapa de la revista tendenciosa “ARTO!”: 64 paginazas a todo tren y en colorines a cambio de 3,80 cochinos euros. Y nada mejor para inaugurar la nueva temporada que un número lleno de turbias instantáneas y textos de esos que se leen con una sola mano. Aquí os dejo (ampliada, por entregas y con la correspondiente “demo session” de regalo) mi aportación a este “Especial Sexo Drogas & Rock’n’roll”: un recorrido por el Porn Groove, el Fuck Funk y el Lounge Sexodélico. Si os gusta, pasad por caja que el soporte impreso sigue siendo mucho más cómodo de llevar al excusado.]

En la actualidad existe un movimiento subcultural alrededor del denominado “porno sound” que lo mismo da cabida a bandas-tributo que reinterpretan grandes clásicos del género, como a recopilatorios de rarezas y compilaciones de aficionados, remixes para las pistas de baile o incluso canales especializados de Internet que ofrecen la más variada programación en streaming las veinticuatro horas del día.

En el cine porno de hoy en día es de lo más habitual toparse con raperos y rockeros, tanto delante como detrás de las cámaras. Por norma general los músicos que prestan sus servicios al pornográfico suelen adoptar una cierta pose de distanciamiento y condescendencia de cara al público, utilizando el medio como una forma fácil de ganar dinero rápido y dar salida a sus sueños húmedos de “rock-star” en decadencia. Excepcionalmente podemos encontrarnos con auténticos artistas que se esfuerzan por ofrecer a la audiencia partituras lo suficientemente inteligentes y creativas como para estimular nuestros sentidos más allá de la entrepierna. Un funesto fenómeno, por otra parte, cada vez más extrapolable a las demás parcelas artísticas.

Sin embargo, durante los años setenta y primeros ochenta, los pornógrafos del cine independiente norteamericano aplicaron sus conocimientos en materia de bandas sonoras para aportar a sus películas un background musical seductor y cautivador, combinando la sofisticación del jazz, las prestaciones vocales del soul y la pegada rítmica del funk con el exotismo del lounge y la calidez de ciertos ritmos latinos como la bossa o la salsa.

Curiosamente en los cines, teatros y galerías de arte de la bahía de San Francisco se mantiene desde hace años un circuito de actuaciones en vivo en el que una formación de músicos profesionales versionan en directo antiguas bandas sonoras de porno. Bajo la apropiada nomenclatura de PornOrchestra, realizan sus performances con el acompañamiento de proyecciones de clásicos del cine X, en un esfuerzo por llevar a cabo una “reinterpretación radical de las sonoridades pornográficas”. Como ellos mismos anuncian a través de su página web, la peculiar puesta en escena de sus actuaciones podría definirse como el equivalente a “una banda circense con el ojo fijo en los artistas del trapecio”. Del mismo modo, concluyen que se trata de “un género complicado que ha sido menospreciado pública y sistemáticamente, tanto por la usura de los propios productores como por la desidia de los propios consumidores”. Un problema que acarrea desde el auge de la industria videográfica en los años ochenta y que ha terminado de agravarse en nuestros días con la hegemonía del “gonzo” y la práctica “amateur”. Por ello no es de extrañar que la mayoría de espectadores recurran instintivamente a bajar el volumen de sus equipos una vez han pulsado el “play”.

Ahora bien, el creciente reconocimiento que este tipo de música está experimentando por cierto sector de la crítica más heterodoxa y underground, obedece a un más que evidente sentimiento de complicidad y nostalgia. Aunque el encanto de las melodías naif y los arreglos cheesy resulta innegable, se echa de menos una visión más objetiva del fenómeno musical de las bandas sonoras pornográficas. Una percepción más especializada y rigurosa que nos ayude a separar –nunca mejor dicho- el grano de la paja.



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Acabo de leer el último número de “Arto!” y todavía no salgo de mi estupor. Dedicar un especial de la autoproclamada “revista musical tendenciosa” madrileña al fenómeno “grunge” en pleno 2008 puede interpretarse -y hasta justificarse- como un ejercicio nostálgico por parte de sus máximos responsables, Jorge y Astur. Pero lo que uno no puede aceptar es que a estas alturas todavía haya quien utilice los guiños al pasado como una excusa -ya sea esta bienintencionada o no- para perpetuar una serie de tópicos que, de puro rancios, deberían haber sido superados por el paso del tiempo y el sentido común. Dicen que la edad lo cura todo, pero está claro que el cariño y la distancia distorsionan la realidad hasta puntos sonrojantes.

Para empezar, vayamos a lo obvio. A día de hoy, la relevancia de un grupo como Nirvana hay que buscarla en ámbitos puramente extramusicales. No nos engañemos: su mezcla de vitriolo punk-rockero, hard-rock de pueblo y power-pop de “high school” no es que descubriese la pólvora precisamente. Así pues, su repercusión debe medirse en base a lo que supuso su irrupción en el mercado discográfico de la época y que (salvando las distancias) encontraría su referente más directo en la revolución del punk británico del 77, al conseguir desbancar de los primeros puestos de la “efe eme” a anacronismos de la talla de Dire Straits. Y es que si por algo debemos defender el legado de Cobain, Novoselic y Grohl es precisamente por haber sido quienes de romper con sus coetáneos y abrir paso a una nueva concepción de “mainstream” en la que tuvieron cabida bandas como Sonic Youth, Pixies, Dinosaur Jr. o Pavement; algo impensable en una época dominada por los Sting, Phil Collins, Elton John o Billy Joel de turno.

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Ahora bien, en 1992 un servidor contaba con apenas 13 años y permanecía completamente ajeno a la explosión del “grunge”. Como todo chaval de provincias, mis referentes musicales se limitaban a la colección de vinilos de casa de mis padres, a los primeros recopilatorios en cedé de los clásicos del rock de los sesenta y setenta y a la hegemonía de las bandas de garaje ratonero y jevi de garrafón que proliferaban en el noroeste peninsular. Mi criterio musical era, por lo tanto, el de cualquier chaval de la época, condicionado por una coyuntura determinada e ignorante por total falta de conocimiento.

Todavía me estremezco al recordar mi primera visita a una emblemática tienda de discos de mi ciudad donde, a cambio de doscientas pesetas, te grababan en una cinta TDK de 90″ los grandes éxitos del momento. Gracias a ello, con el paso del tiempo conseguí atesorar una pintoresca colección de cassettes en la que cohabitaban sin rigor alguno AC/DC y Aerosmith con Deff Leppard y Metallica; Guns & Roses y Héroes del Silencio con Def Con Dos y Negu Gorriak; Public Enemy y Run DMC con Bad Religion y Green Day; Offspring y Pennywise con Slayer y Sepultura; R.E.M. y Rage Against The Machine con Blind Melon y Pearl Jam; Terrorvision y Faith No More con Beck o Suicidal Tendencies.

Pues bien, cada vez que paso una temporada en casa de mis padres, me sorprendo a mi mismo revisando las viejas cajas de zapatillas deportivas en las que estos viejos recopilatorios duermen el sueño de los justos. Entre semejante maraña de bochornosos recuerdos, todavía me topo con ocasionales tesoros de adolescencia que me recuerdan la emoción de descubrir por vez primera a Melvins, The Jesus Lizard, Hüsker Dü, Rites of Spring, Fugazi, Sugar, Unsane… Aunque he de ser sincero y reconocer que el cómputo general de mis gustos musicales en aquella época resultaban más bien lamentables.

Pero volvamos al tema y asumamos que lo verdaderamente triste del asunto no radica en la iniciativa de “Arto!” por exhumar el cadáver del “grunge”, si no por el hecho de que (salvando honrosas excepciones) la mayor parte de los involucrados se decantan por dar una visión de los hechos que escapa del necesario ejercicio de autocrítica y pinta una realidad idealizada y falsa, similar a la que aporta la serie “Cuéntame” a la hora de abordar la Transición y los primeros años de democracia española.

Hay pocas cosas que me resulten tan tristes como ver a grupos jóvenes reivindicando a bandas anticuadas, tanto en sonido y concepto como en estética. Por poner un ejemplo, se me comen los demonios al ver a una banda de tributo de los Who, Led Zeppelin o Pink Floyd. Al margen de gustos personales, considero que en música -al igual que en el resto de disciplinas artísticas- resulta imprescindible conocer el pasado para construir el presente, porque sólo así se puede apuntalar un futuro mínimamente sólido y coherente. Pero que los chavales reivindiquen como propia la música de sus padres (y abuelos) me parece una abominación que va contra la propia naturaleza de la adolescencia. Y si a estas alturas nuestra generación comienza a mostrar semejante condescendencia y conservadurismo (del tipo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”), les estaremos haciendo un flaco favor a los que vendrán después. Pero sobretodo, a nosotros mismos.