Para los nostálgicos de los subproductos autóctonos, resultan especialmente recomendables las reediciones de las bandas sonoras del inefable Jess Franco. Como todo el mundo sabe ya a estas alturas, no sólo hablamos de uno de los máximos exponentes del softcore fantaterrorífico patrio, sino del cineasta nacional más prolífico de la historia. Pero lo que mucha gente no sabe (o más bien, parece no querer enterarse) es que el tío Jess era un compositor bastante notable. Durante los años sesenta y setenta, Franco firmó (generalmente bajo el pseudónimo de David Khune) de las bandas sonoras para las co-producciones con Francia e Italia que el mismo escribía y realizaba. Su concepción abiertamente psicodélica de la música dejó espacio a su pasión vocacional por el jazz cimbreante (colaborando en más de una ocasión con el mismísimo Chet Baker), la bossa nova trotona y el lounge caleidoscópico.

Manfred Hubler & Siegfried Schwab – “Vampyros Lesbos” (Motel, 1996)

Como no podía ser de otro modo, la música de sus films trasciende en la mayoría de los casos los valores estrictamente cinematográficos de títulos como es el caso de “Vampyros Lesbos”, compuesta  tambien bajo sobrenombre artístico y al alimón con Manfred Hubler, revelando un asombroso talento para las atmósferas calenturientas de temática lésbica y gore. ¡Sexodelia y olé!

A mediados de los noventa comienza a estilarse la reivindicación de los scores pornográficos. En la mayoría de los casos se trata de una mera estrategia mercadotécnica que lo que verdaderamente busca es sacar tajada de la nostalgia malentendida, bien sea mediante el talante paródico, la militancia freak o el guiño cinéfilo. Aprovechando la coyuntura surgieron proyectos de gusto más que dudoso, como Pop Porn Band cuya ópera prima, “Pop Porn” (Import Records, 2001), pretende enmascarar el subterfugio con una aplicada imitación de los cánones setenteros. El resultado es más bien pobre, aún contando con ocasionales destellos de gracejo almodovariano (“Deep Note Blues” y “Tea Bag Hustle”).

Asimismo ve la luz una nueva franquicia de recopilaciones que bajo el epígrafe de “Sex-O-Rama” (Oglio Records, 1997-1998) pretende rivalizar con sus notables predecesoras. Aún reconociendo la simpatía que puede despertar en el aficionado la participación en semejante desaguisado de la starlette Jenna Jameson, las dos entregas de la serie apenas rozaron el aprobado. Y es que su recalcitrante apego al “raca-raca”, el “woka-woka” y demás cacofonías de trempantes evocaciones llega a aburrir debido a su homogeneidad monocorde, por mucho que se intente disfrutar en la intimidad del dormitorio de las prestaciones fotogénicas de la Jameson y los jadeos preliminares entre canción y canción.

A medio camino del expolio creativo y el caradurismo publicitario se encuentran los dos álbumes de Pornosonic, una curiosa colaboración entre el teclista angelino Don Argott y la carismática estrella del porno ochentero, Ron Jeremy. Bajo la premisa de “recrear” el sonido de bandas sonoras inéditas de aquel entonces, sus dos trabajos editados hasta la fecha, “Pornosonic” (Valley, 1999) y “Cream Streets” (Valley, 2005), suponen un ejercicio lúdico y sin pretensiones que agradan precisamente por su condición de mero entretenimiento, a lo que hay que sumar los divertidísimos diálogos del entrañable Ron, supuestamente extraídos de las cintas originales.

Debo de estar haciéndome mayor, porque cada vez le veo menos gracia a las gamberradas de la Troma. Es eso o que mis gustos se están sofisticando demasiado (¡Dios no lo quiera!) como para verle la gracia a los escatológicos y grotescos espectáculos facturados en la factoría de Lloyd Kaufman. No siempre ha sido así, desde luego; en su momento disfruté de lo lindo con sus exabruptos de “gore” cutrón, erotismo de barraca y parodia política de parvulario. Cosas de la adolescencia, me temo, que nos vuelve a todos tan afines a la “serie Z” y el humor grueso.

El que parece que todavía no ha superado la fase anal es el propio Kaufman, que reincide en los chascarrillos de siempre con su nueva producción, “Poultrygeist: Night of the Chicken Dead” (Lloyd Kaufman, 2007), una sátira grotesca sobre los nocivos efectos de la comida rápida, que bastardiza el mensaje anticonsumista de “Fast Food Nation” (Richard Linkater, 2007) en pos del más difícil todavía en materia de coágulos, miasmas y demás cochinadas. Para ello, la pareja protagonista hade enfrentarse a las consecuencias paranormales de la expropiación de un antiguo cementerio indio, sobre el que edifican un restaurante de comida rápida. Los vengativos espíritus se tomarán la revancha convirtiendo a los clientes en una especie de “pollos-zombies” hambrientos de un tipo bien distinto de carne blanca: la humana.

No hace falta ser un lince para deducir que nos encontramos ante el retruécano “tromático” definitivo a costa de “Poltergeist” (Tobe Hooper, 1982) y “La noche de los muertos vivientes” (George A. Romero, 1968), tal y como se nos anuncia desde el propio título. Como mero chascarrillo, la ocurrencia tiene un pase. Apuesto a que se le podría haber sacado mejor partido si se hubiese adoptado el formato de cortometraje. Lamentablemente, la tendencia de Kaufman por estirar los chistes más allá de lo razonable juega una vez más en su contra y le acaba pasando factura. O sea, que la criatura le sale tontorrona de más y un pelín larga. Es el riesgo que se corre al reincidir sobre fórmulas ya agotadas –en este caso, el referente es evidente: “Cannibal: The Musical” (Trey Parker, 1996)- sin aportar nada nuevo a cambio, salvo litros de sangre y casquería a tutiplén. Es por todo esto que al final “Poultrygeist” se desinfla en una sucesión de risibles (que no graciosos) números musicales, guiños autocomplacientes y “cameos” innecesarios (desde Ron Jeremy al propio Kaufman), salpicados del “gore” tarugo pasado de rosca marca del casa. Lo que no quita que la cinta sea de lo mejorcito que ha salido de productora en años, ni que tenga algún que otro “gag” gorrino bastante inspirado, todo hay que reconocerlo.

Pero afrontémoslo de una vez: es un hecho que a los de la Troma se les pasó el arroz hace tiempo y no les vendría nada mal renovar un poco su repertorio. Porque está claro que si lo que pretenden Kaufman y los suyos es seguir provocando al personal, sirviéndose de las mismos chistes verdes de referencias homófobas, xenófobas y facilonas de siempre, la verdad es que no pueden andar más desencaminados. Que le pregunten sino a sus protegidos por “South Park”.

“Chinos y cochinos”

mayo 27, 2008

[BREVE PREFACIO EXCULPATORIO: Con la excusa de la conmemoración del “III Día del Orgullo Friki” (y a la espera de poder ofreceros una crónica lo más pormenorizada posible del estreno gallego de “¡Maldito bastardo!”), me he decidido a inaugurar esta nueva sección bizarra.]

Ejemplo emblemático de la “sexplotation” nipona, “Guts of a virgin” (1986) es considerada una verdadera pieza de culto entre los aficionados al género “pinku-eiga”, una subvertiente autóctona del “soft-core” mostrenco muy popular en el país del sol naciente. Se trataban en gran medida de títulos mediocres sobre samurais y yakuzas que camuflaban el uso indiscriminado de la violencia gráfica mediante el uso de un erotismo bastante zafio, gratuito y sonrojante. De este modo, quienes los perpetraban pretendían burlar a la censura y (como quien no quiere la cosa) asegurarse de paso unos ingresos extras en taquilla. Pero al final, como suele ser habitual en esta clase de cintas, los desnudos y las escenas subiditas de tono siguen una imparable progresión aritmética a medida que avanza el metraje, dejando apenas hueco a unas cuantas dosis de “gore” rancio para darle algo más de aliño al potaje. O sea, que nos encontramos ante el precedente del “hentai” de corte “fanta-terrorífico” como, por ejemplo, la saga de “Urutsukidoji” (1989).

Pues bien, como iba diciendo la película de Kazuo “Gaira” Komizu es uno de los títulos más representativos al respecto, hasta el punto de haber servido como punto de partida a toda una trilogía. Con el paso de los años, la pieza de toque de la saga ha perdido algo de impacto con respecto a sus secuelas, en parte por el desaliño visual (ojito a los desvaríos “experimentales”) y los risibles efectos sanguinolentos propios de los primeros años ochenta. Sin embargo, su condición de pionera y su absoluta desfachatez han contribuido a convertir sus defectos -que son muchos- en verdaderas virtudes bizarras. A ver si me explico…

El argumento es tan escueto como explícito a la hora de evidenciar las nulas pretensiones artísticas de esta clase de subproductos: un fotógrafo de moda proxeneta, su equipo y tres aspirantes a modelos publicitarias se pierden en la niebla y van a parar a una casa abandonada, donde un ser monstruoso (¡un tipejo cubierto de barro!) se las ingeniará para ir matando a los hombres uno por uno y, de paso, violar a cada una de las mujeres… para matarlas también después. No hay mucho más, directo y al grano; lo demás son pajas. Y diálogos tan procaces y políticamente incorrectos como estos:

“-¿Recuerda a la chica que mandamos a Los Ángeles el año pasado? Después de su última audición estaba tan agradecida que me chupó el ano.”

“-¿Qué es una mujer independiente, pequeña zorra?”

“-Soy como Drácula. También a él le gustaba el néctar de las jovencitas.”

Por lo demás la cinta es pródiga en proezas sexuales de bastante mal gusto, que acaban por resultar especialmente risibles, en parte debido a la obligatoria censura genital impuesta por los códigos nipones. Eso sí, en cuanto las vísceras hacen acto de presencia el espectáculo adquiere unos tintes inintencionadamente paródicos, consiguiendo elevar el conjunto a una especie de “grand guiñol” grotesco y salvaje, bastante disfrutable para aquellos que (como el que suscribe) se jacten de tener el estómago blindado y una mente lo suficientemente calenturienta.

Resultaría agotador llevar a cabo una lista pormenorizada de las barrabasadas que acontecen a lo largo de poco los escasos setenta minutos de metraje. ¡Y es que a pesar de su breve duración, aquí cabe de todo! En materia estrictamente sexual, el espectador menos escrupuloso podrá deleitarse con la exhibición de toda clase de fluidos vaginales, una demostración de “lucha libre” misógina, varios cunnilinguis acrobáticos, sádicas violaciones, desvirgues traumáticos, fetichismo fotográfico, ninfomanía psicótica, masturbaciones necrófilas… y eyaculaciones gargantuescas. En comparación, el terreno de la casquería resulta menos variada y hasta poco sofisticada: un martillazo con extracción del globo ocular, un par de decapitaciones, un jabalinazo, un gancho de carnicero y una evisceración por vía vaginal.

El resultado es sexualmente agresivo y misóginamente recalcitrante, llegando a resultar más aberrantes los abusos sexuales de los que son objetos las tres jovencitas que los tremendistas asesinatos, lo que bien visto no deja de tener su gracia. Hay a quien le gusta definir la película como un cruce bastardo entre “El imperio de los sentidos” (1976) y “Posesión Infernal” (1981), aunque muestre más afinidad con un “porno” blando travestido de “slasher” chusco.

Como ya mencionaba más arriba, el film dio pie a una rentable franquicia. El propio Komizu reincidiría en las inefables “Guts of a Beauty” (1986) y “Guts of a virgin III: Rusted Body” (1987) que añadirían algo más de desparpajo, destape y destripe a la serie… además de inflar convenientemente el saldo de su cuenta corriente.

Y para terminar, un apunte curioso. En 1991 “Guts of a virgin” fue el título elegido por el mismísimo John Zorn para bautizar el brutal debut de su combo de “avant-jazz” trash-metalero Painkiller, en el que militaba junto a Bill Laswell y Mick Harris. ¿Cómo se os queda el cuerpo, pichones?