Llegados a este punto parece absurdo negar el atractivo al alza generado por la popularidad de las viejas bandas sonoras del porno. Sin ir más lejos, en los foros de Internet cada vez son más frecuentes las discusiones sobre el tema, reavivando así la polémica sobre su valor real como expresión artística entre las nuevas generaciones de pajeros desocupados con modem. Sólo así puede explicarse la proliferación de un nuevo modelo de geek erotómano que justifica su interés por el porno duro en términos estrictamente musicales.

Sin ir más lejos, el texano John Dial (popularmente conocido como DJ Vanyanovitch) es uno de los más claros exponentes de esta nueva cuadrilla de incondicionales. Desde su página web lleva a cabo su particular cruzada por renovar el prestigio del género, ofreciendo un enciclopédico repaso de su catálogo privado mediante descargas en formato MP3 y dando cobijo a su propia emisora de radio. Podemos encontrar similar es prestaciones al respecto en www.soulstrut.com, una página más centrada en la práctica del sample y la cultura hip-hop y en la que podemos disfrutar de un amplísimo abanico de “porn beats” en comunión con muestreos de funk psicodélico, soul y música disco. En ambos casos los cortes son seleccionados con esmero arqueológico y cuentan con numerosos links para rastrear la huella de temas clásicos que han sido profanados (y viceversa) como acompañamiento musical de algunos éxitos del cine porno.

Para los nostálgicos de los subproductos autóctonos, resultan especialmente recomendables las reediciones de las bandas sonoras del inefable Jess Franco. Como todo el mundo sabe ya a estas alturas, no sólo hablamos de uno de los máximos exponentes del softcore fantaterrorífico patrio, sino del cineasta nacional más prolífico de la historia. Pero lo que mucha gente no sabe (o más bien, parece no querer enterarse) es que el tío Jess era un compositor bastante notable. Durante los años sesenta y setenta, Franco firmó (generalmente bajo el pseudónimo de David Khune) de las bandas sonoras para las co-producciones con Francia e Italia que el mismo escribía y realizaba. Su concepción abiertamente psicodélica de la música dejó espacio a su pasión vocacional por el jazz cimbreante (colaborando en más de una ocasión con el mismísimo Chet Baker), la bossa nova trotona y el lounge caleidoscópico.

Manfred Hubler & Siegfried Schwab – “Vampyros Lesbos” (Motel, 1996)

Como no podía ser de otro modo, la música de sus films trasciende en la mayoría de los casos los valores estrictamente cinematográficos de títulos como es el caso de “Vampyros Lesbos”, compuesta  tambien bajo sobrenombre artístico y al alimón con Manfred Hubler, revelando un asombroso talento para las atmósferas calenturientas de temática lésbica y gore. ¡Sexodelia y olé!

A mediados de los noventa comienza a estilarse la reivindicación de los scores pornográficos. En la mayoría de los casos se trata de una mera estrategia mercadotécnica que lo que verdaderamente busca es sacar tajada de la nostalgia malentendida, bien sea mediante el talante paródico, la militancia freak o el guiño cinéfilo. Aprovechando la coyuntura surgieron proyectos de gusto más que dudoso, como Pop Porn Band cuya ópera prima, “Pop Porn” (Import Records, 2001), pretende enmascarar el subterfugio con una aplicada imitación de los cánones setenteros. El resultado es más bien pobre, aún contando con ocasionales destellos de gracejo almodovariano (“Deep Note Blues” y “Tea Bag Hustle”).

Asimismo ve la luz una nueva franquicia de recopilaciones que bajo el epígrafe de “Sex-O-Rama” (Oglio Records, 1997-1998) pretende rivalizar con sus notables predecesoras. Aún reconociendo la simpatía que puede despertar en el aficionado la participación en semejante desaguisado de la starlette Jenna Jameson, las dos entregas de la serie apenas rozaron el aprobado. Y es que su recalcitrante apego al “raca-raca”, el “woka-woka” y demás cacofonías de trempantes evocaciones llega a aburrir debido a su homogeneidad monocorde, por mucho que se intente disfrutar en la intimidad del dormitorio de las prestaciones fotogénicas de la Jameson y los jadeos preliminares entre canción y canción.

A medio camino del expolio creativo y el caradurismo publicitario se encuentran los dos álbumes de Pornosonic, una curiosa colaboración entre el teclista angelino Don Argott y la carismática estrella del porno ochentero, Ron Jeremy. Bajo la premisa de “recrear” el sonido de bandas sonoras inéditas de aquel entonces, sus dos trabajos editados hasta la fecha, “Pornosonic” (Valley, 1999) y “Cream Streets” (Valley, 2005), suponen un ejercicio lúdico y sin pretensiones que agradan precisamente por su condición de mero entretenimiento, a lo que hay que sumar los divertidísimos diálogos del entrañable Ron, supuestamente extraídos de las cintas originales.

“Al filo”

septiembre 5, 2008

Acabo de leer la entrevista a Israel Marco y Daniel Domínguez que publica este mes el Rockdelux, dentro de la primera parte del informe sobre el nuevo “indie” nacional y la escena barcelonesa. El texto de Jaime Casas aborda la música de Cuchillo desde una perspectiva acertada, apuntando la tendencia psicodélica y melancólica de unas composiciones brillantes, deudoras de la Velvet Underground, Syd Barrett y los Beatles del “Revolver” (Parlophone, 1966). Durante la conversación se rastrean referentes clásicos y se pone en tela de juicio la reiteración del cliché genérico, abogando por una concepción más abierta que huya de las etiquetas sin refugiarse necesariamente por ello en la vanguardia. El debut homónimo del dúo demuestra precisamente eso: que se puede tejer algo novedoso aún partiendo de mimbres añejos. Con la solvencia y los recursos de quien conoce el terreno que pisa y no duda en dar rodeos para encontrar el camino más corto.

Mi primer contacto con la música de Cuchillo llegó a través de myspace. Adrián de Alfonso me había hablado maravillas de su directo, asegurándome que en contadas ocasiones se puede disfrutar de un grupo de sus características en un país como el nuestro. No se equivocaba lo más mínimo, como ellos mismos se encargaron de confirmar en aquel estupendo concierto que ofrecieron junto a Cohete en el Nasti, donde me hice con aquella prometedora maqueta envuelta en papel marrón. Se trataba de una grabación modesta, en la que la voz y guitarra de Israel únicamente se dejaba acompañar por los ritmos de Daniel en “H.Truvillion”, tema que ponía el broche de oro a la “demo”. Un borrador de su actual estado de gracia que apenas constaba de cinco canciones pulcramente producidas en las que ya se intuía el potencial expansivo de sus melodías.

Cuando me enteré de la sorprendente noticia de su fichaje por Sinnamon, no pude evitar alegrarme de que hubiesen conseguido ganarse el favor de un sello con el suficiente empaque promocional como para hacerlos llegar a una audiencia masiva. No creo que el éxito mediático de Cuchillo se trate de ninguna quimera; a mi madre le ha encantado el disco y he descubierto una copia en la guantera del coche de mi prima. Eso quiere decir algo. Algo reconfortante.

Volviendo a la entrevista, la descripción de la música de Cuchillo como “futurista” no puede ajustarse más a la realidad. Por mucho que se mencione a 13th Floor Elevators, Robert Wyatt o a Popol Vuh, el resultado final convence sobretodo gracias a un tratamiento heterodoxo y absolutamente actual de la lisergia, lo metronómico y lo semi-acústico. Pero por encima de todo, gracias a canciones tan brillantes como “Black And White Numbers”, “Summertime In Sweden”, “Breathing Again”, “Cuando te canto” o “It Will Be OK”, “The House” y “Behind”, ya presentes en aquella lejana maqueta de 2006.

Gracias a la excelente producción de Paco Loco, Cuchillo suenan ahora más atemporales y emocionantes que nunca. Más auténticos que Fleet Foxes y mucho más fantasmales y evocadores de lo nunca podrían aspirar a ser los antiguos The Kills o los recientes The Dodos. Lo mejor de todo es que su música no se estanca en pasajes sombríos y tristes, si no que deja espacio a la luminosidad de unos arreglos que insuflan aire fresco a unas composiciones que pueden presumir de profundidad, carácter y personalidad. Visto así, no creo que suene descabellado reclamar para ellos el mérito al mejor debut nacional del año. Ni exigirles que su próximo paso sea todavía más alentador e inspirado.

Pierdes y Yon Paraxute son Wenceslao Lamas y Pablo G. Díaz; o lo que es lo mismo, la entidad bicéfala que se esconde trás Arroz, un proyecto de psicodelia acústica y electricidad paranormal que bascula entre Lugo y Madrid, Gijón y Barcelona. En breve se autoeditarán su primer EP, “Toda la familia come..”, un compendio de melodías deslavazadas y textos alucinados que defienden con notoria desfachatez en directo.

Mientras tanto, Pierdes y Paraxute han optado por echar a rodar sus respectivos repertorios, por aquello de rentabilizar recursos. Para que os hagáis una idea de lo que podéis esperar de ellos, los dos practican una suerte de pop melodramático de baja fidelidad y alta graduación. Algo así como escuchar a Daniel Johnston abrazado a una botella de licor café o ver a Nick Drake echarse una siesta bajo los efectos de una mala digestión de Animal Collective.

Sin embargo, en esta ocasión sus canciones sonarán más introspectivas y emocionalmente inestables que nunca. Es lo que tiene enredarse con el folk, tropezarse con el country y revolcarse con el blues: que a veces se pasa uno desnudándolas y te salen tímidas. Suerte que con tonadillas como “Casa de tus abuelos” y “Cepillo de dientes”, la sangre no llegará al río. Un espectáculo traumático, pero bonito.

Por cierto, que tocan esta noche en el Festival Unipersonal – Rock’n’Roll Bar (A Coruña), junto a Esther Williams y Herrn. ¡Y todo por sólo cinco doblones de euro! Acudid.